sábado, 9 de julio de 2022

Cancún, el sueño de Enríquez Savignac, que Luis Echeverría convirtió en la joya de México; Fue el principal legado del fallecido presidente a México y al turismo mundial

Cancún.- Diversas versiones lo señalan como el precursor de Cancún, otras, como quien quiso bloquearlo.

Pero finalmente, la historia lo refiere como quien dio el impulso final, definitivo para que esta ciudad se convierta en el más importante polo turístico de México y el más importante de toda América en el rubro de playas.

Al morir este viernes a los 100 años, Luis Echeverría deja tras de sí muchas polémicas, muchos cuestionamientos, pero también aciertos y legados positivos, el más sólido y prolífico de ellos, Cancún.

Esta ahora ciudad, quizás la de mayor crecimiento en México, desde 1970, cuando fue fundada el día 20 de abril de ese año, fue concebida a finales del sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, tras el aval financiero del bien recordado Secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena.

Fue precisamente ese aval, lo que hizo a Echeverría Álvarez, dudar de las buenas intenciones del proyecto, pues mantenía serias diferencias con él, desde que fueron compañeros de gabinete con Díaz Ordaz, siendo él, el Secretario de Gobernación.


De acuerdo con distintas fuentes, Echeverría suponía que Ortiz Mena tenía intereses particulares en el desarrollo de Cancún, lo que al no ser cierto, abrió la puerta al apoyo total del gobierno federal que él encabezó de 1970 a 1976.

Paradójicamente, ambos ex funcionarios del gabinete de Díaz Ordaz, fallecieron a la misma edad: 100 años.

Antes, al final del sexenio de Díaz Ordaz, Antonio Enríquez Savignac ideó el destino, luego de que el gobierno federal buscó alternativas costeras para el turismo, rubro que iba cobrando auge y proyectaba ingresos exponenciales para el país que no tenía destinos más que el ya consolidado, pero trillado Acapulco.

Todas esas alternativas playeras estaban en la costa oeste, es decir, en el Pacífico, sitio, donde estaba Acapulco.

Así, surgieron “candidatas” como Huatulco y Puerto Escondido, en Oaxaca; Ixtapa, en Guerrero y Loreto y Los Cabos en la entonces aún territorio Baja California Sur.


Pero todas ellas entrañaban un problema geográfico, pues quedaban lejos del principal mercado turístico: Estados Unidos.

Así, luego de una prospección en el Golfo de México y tras descartar Veracruz, Tabasco, por no tener playas idóneas, así como Campeche, por el mismo motivo, el gobierno Federal se enfocó en Yucatán, que ya era un destino con afluencia de decenas de miles de personas.

Además, tenía un aeropuerto que funcionaba con vuelos a Estados Unidos, lo que hizo creer que podía ser la sede de ese nuevo paraíso que solo bullía en la cabeza de Enríquez Savignac.

Sin embargo, la prospección llevó al equipo federal a una saliente en el norte de Quintana Roo, conocida por sus aldeanos como Cancún.

Al ver las tonalidades del mar y la calidad de la playa, blanca como la harina, más blanca aún que la de Yucatán, el precursor del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) se decantó por esa franja virgen, virtualmente, donde ni 100 personas vivían.


Así, tras “brincar” el proyecto el sexenio de Díaz Ordaz y ser finalmente bien visto por Echeverría Álvarez, recibió todo el apoyo de la Federación, en lo que fue un castillo en el aire, por no tener aeropuerto, infraestructura urbana, tampoco acceso telefónico, bueno, ni siquiera agua potable.

Poco a poco, miles de millones de pesos (de los de entonces), fluyeron para erigir un paraíso urbano, dentro de otro natural, que se convertiría en el principal generador de divisas turísticas para el país y en el principal motor económico de la Península de Yucatán, junto con el petróleo de Campeche, sustituyendo al henequén.

Hombre inteligente, y metódico, dicen que hasta la obsesión, por una disciplina casi sobrehumana en sus cosas, Echeverría no sólo dio continuidad al proyecto, sino que lo echó a andar y sentó las bases para su continuidad.

Leyendas urbanas lo señalaban como el verdadero dueño de Cancún, pues se le atribuía la propiedad de los principales hoteles y negocios del destino, a través de prestanombres, algo común en el imaginario sociopolítico mexicano.

Empero, parece ser que son solo eso: leyendas urbanas, derivadas del gran impulso que el ahora fallecido presidente dio a la que decenios después sigue siendo la joya de la corona del turismo mexicano y latinoamericano.

Así, el Cancún de hoy día superó al que Echeverría y Enríquez Savignac tuvieron en sus mejores sueños, hace ya más de 50 años.

(Infoqroo)

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