Diego Castañón intenta limpiar su imagen tras ser exhibido en Reforma: reconoce corrupción en su gobierno y se lava las manos despidiendo a sus propios funcionarios
Pero detrás de esta pantomima de Diego Castañón hay una realidad que sale a la luz: él mismo es el jefe y artífice del Ayuntamiento corrupto de Tulum.
Tulum.— En un intento evidente por lavarse la cara tras ser exhibido por el diario Reforma el lunes 29 de junio de 2026, el alcalde de Tulum, Diego Castañón Trejo, anunció un día después el cese inmediato de nueve funcionarios de su gobierno por actos de corrupción. Con esta medida, el edil reconoce tácitamente que encabeza una administración permeada por la corrupción, la cual constituye una de las principales razones del acelerado declive que sufre Tulum, otrora joya del Caribe mexicano. En lugar de asumir responsabilidad integral por el caos en seguridad, extorsiones, desarrollo desordenado y deterioro ambiental, Castañón opta por sacrificar a subordinados como chivos expiatorios para intentar recuperar su desgastada imagen.
El reportaje publicado por Reforma expone sin ambages la profunda crisis que atraviesa Tulum, uno de los destinos más emblemáticos del Caribe mexicano. Lo que alguna vez fue sinónimo de exclusividad, bohemia chic y crecimiento sostenible se ha convertido en un caso paradigmático de declive acelerado: inseguridad rampante, extorsión, narcomenudeo, crecimiento desordenado, especulación inmobiliaria, deterioro ambiental y el azote persistente del sargazo. Las cifras son elocuentes: caída del 4% en visitantes entre enero y abril de 2026 (522 mil 705 frente al año anterior), 30% menos de pasajeros en el aeropuerto y un desplome del 72% en visitas a la zona arqueológica. La ocupación hotelera promedio se sitúa en un 73%, por debajo del resto de la Riviera Maya.
Al día siguiente, martes 30 de junio, el alcalde Diego Castañón Trejo responde con un boletín de prensa que anuncia el cese inmediato de nueve funcionarios: dos de Protección Civil y Bomberos (área operativa) y siete de Fiscalización. Lo presenta como prueba de su “política de cero tolerancia a la corrupción” y afirma que “no nos temblará la mano” para actuar contra quienes atenten contra el bienestar ciudadano. El mensaje es claro: él es el líder decidido que limpia la casa. Sin embargo, este acto resulta más en un ejercicio de damage control y lavado de imagen que en una verdadera rendición de cuentas.
Pero detrás de esta pantomima de Diego Castañón hay una realidad que sale a la luz con sólo unas preguntas. ¿Cuánto tiempo mantuvo Diego Castañón a sus funcionarios corruptos como parte de su equipo? Porque obvio que esos actos de corrupción no surgieron de un día para otro. Es evidente que esta corrupción es permanente en el gobierno de Tulum. O sea, como hoy Diego Castañón se siente acorralado y exhibido en todo México, entonces se quiere lavar las manos echando a sus funcionarios, cuando en realidad él mismo es el jefe y artífice de un Ayuntamiento corrupto, y que él mismo lo acepta tácitamente con este boletín con el que pretende limpiarse la cara sucia.
El contexto de Diego Castañón y su trayectoria
Diego Castañón Trejo, exfutbolista profesional (jugó en Jaguares de Chiapas), transitó de las canchas a la política local. Se desempeñaba como tesorero municipal en el gobierno de Marciano Dzul Caamal, quien falleció en marzo de 2023 mientras estaba en funciones (víctima de cáncer de páncreas). Fue entonces cuando Castañón ascendió directamente a la presidencia municipal, primero como suplente y luego ratificado en el cargo. Esta continuidad en la administración local lo hace directamente responsable de las políticas y omisiones que han marcado los últimos años en Tulum. Su administración ha coincidido con la transformación de Tulum de “pueblo mágico” a lo que críticos llaman “pueblo trágico”: un lugar donde el crimen organizado (disputas entre Cártel de Sinaloa y grupos locales) ha penetrado playas, hoteles, bares y restaurantes, mientras el desarrollo descontrolado y la falta de infraestructura agravan el colapso.
Lejos de ser un problema nuevo o ajeno, las denuncias contra su gobierno acumulan meses e incluso años. Comerciantes y empresarios han acusado públicamente al ayuntamiento de asfixiarlos con cobros excesivos: basura que pasa de miles a cientos de miles de pesos, licencias millonarias y cuotas de hasta 600 mil pesos por letreros comerciales. Se habla abiertamente de extorsión municipal y “otro nivel de corrupción”. Hay reportes de contratos opacos, como uno de más de 5 millones de pesos para arrendamiento de patrullas. El sargazo sigue invadiendo playas pese a anuncios de equipamiento nuevo, y la inseguridad no cede.
El reconocimiento implícito de corrupción
El boletín del 30 de junio es revelador precisamente por lo que admite: la existencia de corrupción comprobada dentro de direcciones clave de su gobierno. Si nueve funcionarios incurrieron en “actos de corrupción” que justifican su cese inmediato, cabe preguntar lo obvio: ¿cuánto tiempo estuvieron en sus cargos? ¿Cuántas denuncias previas fueron ignoradas o minimizadas? La corrupción no surge de la noche a la mañana; requiere un entorno permisivo, negligencia o, en el peor caso, complicidad estructural. Al despedirlos ahora, justo después del reportaje de Reforma que pone a Tulum (y por extensión a su alcalde) en la mira nacional, Castañón no solo reconoce el problema, sino que lo ubica dentro de su propia administración.
El discurso es clásico de lavado de manos: “No cobijaremos a nadie”, “actuamos con determinación”, “llamamos a la ciudadanía a denunciar”. Se posiciona como víctima de funcionarios aislados en lugar de responsable último de la cultura institucional. Los directores de Protección Civil y Fiscalización aparecen como escudos comunicacionales, pero la responsabilidad política recae en el presidente municipal. Despedir a subordinados es fácil; explicar por qué se mantuvieron tanto tiempo, por qué la inseguridad y la extorsión prosperaron bajo su vigilancia, y por qué el modelo turístico se volvió insostenible, es mucho más incómodo.
Imagen versus realidad
Este episodio ilustra un patrón recurrente en la política mexicana: la reacción mediática ante la exposición pública. En lugar de un plan integral de recuperación —diversificación económica, combate real al crimen organizado en coordinación con niveles superiores, control del desarrollo inmobiliario, solución efectiva al sargazo y transparencia en cobros municipales—, se opta por el gesto simbólico. Nueve ceses pueden generar titulares positivos en redes y boletines oficiales, pero no revierten la caída del 72% en visitas arqueológicas ni restauran la confianza de turistas e inversionistas.
Tulum no es solo un problema de “funcionarios corruptos”. Es el resultado de años de crecimiento desordenado, captura de rentas por intereses privados y públicos, y debilidad institucional ante el crimen organizado. Castañón, que llegó prometiendo servir “con el corazón”, hereda y profundiza problemas que ya se advertían. Su respuesta actual parece más orientada a mitigar el daño político inmediato que a sanar las heridas estructurales del municipio.
En un contexto más amplio, este caso refleja la tensión entre narrativa oficial y realidad tangible. Mientras el alcalde habla de “construir y no destruir”, los datos de Reforma y las denuncias ciudadanas pintan un panorama de destrucción paulatina: ambiental, económica y social. La verdadera prueba de cero tolerancia no está en cesar a nueve empleados después de una nota periodística, sino en prevenir que la corrupción arraigue, en auditar contratos, en transparentar finanzas y en asumir responsabilidad cuando el destino que se gobierna se hunde.
Diego Castañón ha elegido lavarse las manos públicamente. La ciudadanía y los visitantes de Tulum merecen algo más: manos que trabajen efectivamente para recuperar lo que se ha perdido. Hasta ahora, el boletín suena más a cortina de humo que a cambio profundo.



