El Universo Maya de QR: Comercializado en cientos de hoteles, cenotes, establecimientos, espectáculos, entes de Gobierno y 28 millones de turistas que lo consumen
Mientras tanto, la SCJN prohíbe a Xcaret usarlo en su publicidad.
Por: Esmaragdo Camaz
En Quintana Roo, cientos de centros de hospedaje, que suman alrededor de 130,000 cuartos de hotel, junto con parques temáticos, operadores de tours, spas, restaurantes y negocios complementarios, incorporan de manera cotidiana y masiva elementos del Universo Maya —sus glifos, nombres de lugares en lengua maya, representaciones de cenotes sagrados como portales al inframundo Xibalbá, mitología de dioses como Kukulkán o Ixchel, rituales recreados, arquitectura inspirada en pirámides y una narrativa constante de “herencia milenaria”— para atraer a los aproximadamente 28 millones de visitantes que recibió el estado durante 2025. Esta cifra total incluye turistas de pernocta (más de 20 millones), cruceristas (millones en Cozumel y Mahahual) y otros flujos fronterizos. Prácticamente todo el ecosistema turístico del Caribe Mexicano vive y se promociona a través de este patrimonio cultural colectivo de las comunidades mayas, que abarca desde Cancún hasta Tulum, Bacalar y la Reserva Sian Ka’an.
Esta escala monumental contrasta de forma evidente con la resolución emitida el 26 de marzo de 2026 por la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Por 7 votos contra 2, con ponencia de la ministra María Estela Ríos González, la Corte revocó la suspensión definitiva que permitía a Grupo Xcaret continuar utilizando símbolos, imágenes, rituales (como el juego de pelota pok-ta-pok o la “travesía sagrada”), iconografía y expresiones de la cultura maya en su publicidad, sitios web y materiales promocionales de sus parques y hoteles. El argumento central fue que el patrimonio cultural maya es de interés público y social, pertenece colectivamente a más de mil comunidades en la Península de Yucatán, y que un convenio firmado por el “Gran Consejo Maya” (por el cual Xcaret pagó alrededor de 15 millones de pesos) no basta para autorizar su uso comercial en nombre de todas ellas. Xcaret debe retirar inmediatamente esos elementos de su publicidad mientras se resuelve el fondo del amparo iniciado en 2022 ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR), aunque conserva el nombre registrado de la marca y el funcionamiento operativo de sus atractivos.
Este fallo, celebrado por algunos como un avance en la protección de derechos indígenas y criticado por otros como una medida selectiva que genera incertidumbre jurídica, pone en evidencia una contradicción profunda en la región. Mientras una empresa privada enfrenta la obligación de “desmayizar” parcialmente su imagen promocional, el resto del sector turístico —incluyendo cadenas internacionales, proyectos federales como el Tren Maya, campañas estatales de SEDETUR y Visit Mexico, y miles de operadores locales— sigue vendiendo activamente el Universo Maya a gran escala, sin que exista hasta ahora un marco uniforme de consentimiento previo, informado y con beneficios compartidos para todas las comunidades.
La infraestructura que sustenta el Universo Maya comercializado
La oferta hotelera de Quintana Roo es una de las más grandes del mundo, solo superada por destinos como Las Vegas. Al cierre de 2025, el estado contaba con 1,481 centros de hospedaje y aproximadamente 138,000 cuartos de hotel, tras sumar miles de nuevas habitaciones en los últimos años. Gran parte de estos establecimientos, concentrados en Cancún (más de 46,000 cuartos), Playa del Carmen (alrededor de 47,000) y Tulum, incorporan explícitamente elementos mayas en su branding y experiencia: nombres como Bahía Príncipe Akumal (“lugar de tortugas”), Grand Mayan, Mayakoba, Riu Palace Kukulkán (la serpiente emplumada), Iberostar Paraíso Maya o resorts con “Santuario Maya” en sus piscinas. Muchos promocionan “rituales mayas” en spas, decoración con motivos prehispánicos en lobbies, obeliscos, grafitis inspirados en glifos y menús con ingredientes ancestrales de la milpa maya. Arquitectura que evoca selva y pirámides, piscinas con formas de cenotes y narrativas de “inmersión en la cultura maya milenaria” son comunes en folletos, sitios web y campañas de marketing.
Esta infraestructura no opera en el vacío. Los 13 sitios arqueológicos abiertos al público en Quintana Roo, gestionados por el INAH, recibieron en 2025 alrededor de 1.6 a 1.9 millones de visitantes en total (con variaciones según reportes trimestrales y anuales). Tulum (Zamá, la ciudad amurallada frente al mar) concentra cerca del 60%, con aproximadamente 980,000 visitantes entre enero y noviembre de 2025, seguido de sitios como Chacchoben, Cobá, Muyil (Chunyaxché), Xaman-Há y San Miguelito en la propia Cancún. Estas ruinas se promocionan constantemente como emblemas vivos de la civilización maya, combinadas en tours que salen diariamente desde Cancún y Playa del Carmen.
Los cenotes, considerados por los antiguos mayas como sagrados portales al inframundo Xibalbá, representan otro pilar masivo. En la Riviera Maya y norte de Quintana Roo hay cientos de cenotes turísticos explotados comercialmente. Listas populares destacan decenas de los más visitados (Dos Ojos, Gran Cenote, Xkekén, Ik Kil, Suytun, entre otros), pero el total accesible para snorkel, buceo, rituales guiados y fotografía es mucho mayor. En toda la Península de Yucatán se conocen más de 7,000 cenotes; Quintana Roo concentra una porción importante de los que se integran a paquetes turísticos con explicaciones de mitología maya.
Voces mayas vivas y programas comunitarios
La dimensión humana del Universo Maya es igualmente significativa. Según datos del INEGI 2020 y actualizaciones posteriores, en Quintana Roo hay alrededor de 178,000 hablantes de maya (parte de más de 774,000 en la Península de Yucatán). Existen más de 1,000 comunidades mayas en la región, cifra que la propia SCJN utilizó para subrayar que ningún consejo único puede representarlas a todas. Programas como Maya Ka’an involucran a decenas de comunidades en turismo vivencial auténtico: bordado tradicional, cultivo de milpa, apicultura con la abeja sagrada Xunán Kab, senderos interpretativos y experiencias en canales antiguos. Estos proyectos buscan generar ingresos directos, aunque operan en un ecosistema donde el turismo masivo domina.
Actores y menciones masivas del Universo Maya
Más allá de los hoteles, el uso es ubicuo. Parques como Xel-Há (nombre maya), Río Secreto, Xplor y otros recrean pueblos mayas, shows con historia prehispánica y experiencias en cenotes sagrados. Cadenas internacionales y locales promocionan “magia maya” en sus sitios web. La promoción estatal y federal es explícita: campañas que venden “Riviera Maya” o “Mundo Maya”, el Tren Maya con simbología y narrativa maya en estaciones y hoteles Sedena, y espectáculos que recrean rituales o la historia prehispánica. Miles de publicaciones en redes sociales, artículos en medios internacionales y reseñas en plataformas como TripAdvisor mencionan diariamente “ruinas mayas ocultas entre hoteles”, “cenotes sagrados” o “rituales ancestrales”.
Souvenirs con glifos, ropa con motivos mayas, nombres de negocios como “Maya Monkey” y hasta la gastronomía con platillos ancestrales completan un panorama donde el Universo Maya es el eje identitario y económico de la región.
Artistas y performers mayas: el rostro humano del Universo Maya en las calles y escenarios turísticos
Más allá de los grandes parques, hoteles de lujo y sitios arqueológicos oficiales, el Universo Maya se manifiesta de forma cotidiana y directa a través de cientos de artistas y performers —tanto mayas originarios como no mayas que han adoptado o recreado estas expresiones— que se ganan la vida en Quintana Roo. En zonas turísticas como la Quinta Avenida de Playa del Carmen, el malecón de Cancún, las playas de Tulum, el Portal Maya en Playa del Carmen o los alrededores de la Zona Hotelera, es común encontrar grupos de danzantes prehispánicos (conocidos popularmente como “guerreros mayas”) vestidos con atuendos inspirados en la indumentaria ancestral: penachos de plumas, faldas o taparrabos con motivos prehispánicos, pinturas corporales, collares de semillas y conchas, y tocados que evocan a guerreros o sacerdotes mayas.
Estos artistas realizan danzas rituales al ritmo de tambores prehispánicos, con movimientos que incluyen giros de brazos en semicírculo, pasos lineales y saltos que remiten a ceremonias antiguas. Muchos incorporan el Mayapax (o Maya Pax), la música tradicional de la zona maya de Quintana Roo —reconocida como patrimonio cultural y símbolo de resistencia desde la Guerra de Castas—, interpretada con violines, tambores de madera, bombo, güiro, quijada de burro o caparazón de tortuga. El Mayapax, con su melodía elaborada y armonía sencilla, suena en presentaciones callejeras, shows en restaurantes, hoteles y hasta en eventos privados, donde los bailarines posan para fotos con turistas a cambio de propinas, venden artesanías o cobran por espectáculos breves.
En espacios públicos como el Parque Fundadores de Playa del Carmen o las playas de Tulum, estos performers ofrecen shows al atardecer con fuego, tambores y danzas que atraen a multitudes de visitantes. Algunos son miembros de comunidades mayas de Felipe Carrillo Puerto, Tihosuco o zonas cercanas que migraron al corredor turístico para convertir su conocimiento cultural en sustento económico. Otros son artistas urbanos o grupos profesionales que han profesionalizado estas escenificaciones étnicas, adaptándolas al gusto del turismo internacional. Su presencia es constante: desde bailes espontáneos en la vía pública hasta contrataciones en bodas, eventos corporativos o animación en resorts, donde recrean rituales con tambores ancestrales y danzas que “ahuyentan malas vibras” o celebran la conexión con la selva y los ancestros.
Esta capa del Universo Maya es especialmente significativa porque representa el nivel más accesible y humano del patrimonio cultural: no es una reconstrucción millonaria como en los parques temáticos, sino una actividad económica directa para decenas o cientos de personas que dependen diariamente de la fascinación de los turistas por lo “auténticamente maya”. Muchos de estos artistas combinan su labor con la preservación real de tradiciones —transmitiendo pasos, ritmos y significados a nuevas generaciones—, aunque operan en un entorno donde la línea entre preservación cultural y comercialización turística a menudo se difumina. Su trabajo cotidiano evidencia aún más la escala masiva del uso de elementos mayas en Quintana Roo: mientras grandes corporaciones enfrentan restricciones judiciales, estos performers siguen llevando la música, el baile y la imagen maya directamente a las calles y playas que reciben a millones de visitantes cada año.
El contraste, el debate y las implicaciones
El fallo contra Xcaret no cierra sus parques ni afecta su operación diaria, pero obliga a retirar elementos de la publicidad, generando preocupación entre empresarios del sector turístico por posible incertidumbre jurídica y afectaciones a la inversión y el empleo. El turismo representa la principal actividad económica de Quintana Roo y sustenta miles de puestos de trabajo directos e indirectos.
Voces dentro de las comunidades mayas están divididas. Algunos dignatarios repudiaron el convenio inicial con Xcaret por falta de representatividad amplia y exigieron mayor transparencia en el uso de recursos. Otros defienden el turismo como vía de desarrollo, siempre que incluya mecanismos reales de consentimiento libre, previo e informado (FPIC) y beneficios compartidos.
Proteger el patrimonio cultural maya —material e inmaterial— es un derecho legítimo reconocido en la Constitución mexicana y en convenios internacionales. El patrimonio pertenece colectivamente a las comunidades, no a intereses privados exclusivos. Sin embargo, la selectividad del fallo expone una tensión estructural: el mismo Estado que promueve el destino entero como “Universo Maya” y que impulsa proyectos federales con simbología maya ahora restringe su uso publicitario a un actor específico, mientras cientos de hoteles y operadores continúan incorporándolo sin un marco regulatorio uniforme.
Una solución coherente y duradera requeriría un diálogo amplio e inclusivo con todas las comunidades mayas, marcos claros y transparentes de consentimiento previo, mecanismos de beneficio compartido auditables y reglas que apliquen por igual al sector privado, a las campañas públicas y a los proyectos de infraestructura federal. De lo contrario, el riesgo es paradójico: proteger la cultura en resoluciones judiciales mientras se sigue comercializando masivamente en la práctica cotidiana que atrae a 28 millones de visitantes al año.
El caso de Xcaret trasciende un litigio empresarial. Es un espejo de la relación compleja, a veces contradictoria, entre patrimonio indígena, desarrollo turístico masivo y soberanía cultural en una de las regiones más visitadas de México y América Latina. El Universo Maya no va a desaparecer de Quintana Roo; su presencia define la identidad del Caribe Mexicano. La pregunta central que deja el fallo de la SCJN es si su comercialización podrá evolucionar hacia formas más equitativas, auténticas y respetuosas con quienes lo han preservado durante milenios, o si la contradicción entre protección selectiva y uso masivo persistirá, afectando tanto la coherencia jurídica como el futuro sostenible del turismo en Cancún, Playa del Carmen, Tulum y todo el estado. El debate apenas comienza, y sus consecuencias económicas, sociales y culturales se sentirán en los próximos años.











