Tren Maya no logró meta turística, apenas alcanzó el 5% de la proyección que habría justificado su enorme costo de 500 MMDP
El fracaso turístico no es el único costo: el proyecto ha causado un gigantesco daño ambiental en la selva maya.
Cancún.— El Tren Maya, uno de los megaproyectos insignia del gobierno anterior de Andrés Manuel López Obrador, ha resultado un objetivo fallido: convertirse en un detonador turístico masivo para el sureste de México. Las autoridades proyectaron originalmente que el tren movería al menos 74,000 pasajeros diarios en su primer año de operación plena, cifra que justificaba la monumental inversión pública y la destrucción ambiental asociada. Sin embargo, nunca se ha visto ni remotamente esa cantidad en un solo día: ni siquiera se acercan miles de pasajeros simultáneos en los trenes, que frecuentemente circulan casi vacíos incluso en temporada alta.
Según un informe clasificado del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur) de 2025, documento que la institución guarda celosamente y al que es imposible acceder de manera pública, el promedio real fue de apenas 3,200 pasajeros diarios en el primer año completo de operaciones. Esto representa solo el 5% de lo proyectado para justificar la obra. El bajo flujo confirma que ni turistas internacionales ni nacionales, ni mucho menos los pobladores locales, han adoptado el tren como medio de transporte preferente, optando por autobuses, tours organizados, autos rentados o motos en su lugar.
El proyecto fue presentado inicialmente como una iniciativa mixta que atraería inversión privada significativa. El gobierno invitó a la iniciativa privada (IP) a participar en su financiamiento y operación, con esquemas de concesión y licitaciones abiertas en 2018-2019. Sin embargo, el empresariado rechazó mayoritariamente involucrarse, percibiendo desde entonces la evidente inviabilidad económica del tren como proyecto turístico. Ofertas como la de grupos liderados por BlackRock fueron declaradas desiertas por “no solventes”, y el gobierno terminó asumiendo casi la totalidad de la carga financiera con recursos públicos.
El costo se disparó de forma descomunal: el presupuesto inicial anunciado rondaba los 120,000 a 150,000 millones de pesos (según estimaciones oficiales de 2018-2019), pero el monto final acumulado superó los 500,000 millones de pesos (con cálculos del IMCO, ASF y analistas independientes que lo sitúan entre 500 y 550 mil millones o más, incluyendo sobrecostos por cambios de trazo, materiales y obras complementarias). Este sobrecosto de más del 300% en algunos análisis representa una carga millonaria para las finanzas públicas sin el retorno esperado.
Ante la falta de éxito como tren turístico —tal como fue proyectado originalmente—, el gobierno y la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), que opera el ferrocarril, ahora pretenden pivotear hacia el transporte de carga para intentar recuperar parte de la inversión monumental. Se han anunciado obras específicas para infraestructura de carga (con inversiones adicionales de miles de millones), con metas como alcanzar 2 millones de toneladas anuales a partir de 2026. Sin embargo, esta es una consideración oficial del gobierno que está por verse si se materializa en la realidad, dada la baja rentabilidad actual (ingresos por boletos insuficientes para cubrir costos operativos, dependencia de subsidios masivos —hasta 96% en presupuestos proyectados para 2026— y deudas crecientes).
El fracaso turístico no es el único costo: el proyecto ha causado un gigantesco daño ambiental en la selva maya, uno de los ecosistemas más valiosos de México. Se han deforestado miles de hectáreas —estimaciones de organizaciones como el Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible y CartoCrítica indican más de 6,000 a 6,659 hectáreas solo en tramos clave como 5, 6 y 7, equivalentes a la tala de millones de árboles (más de 7-10 millones según distintos cálculos)— sin autorizaciones completas en muchos casos. Además, se han dañado cenotes, cavernas, acuíferos, corredores biológicos y hábitats de especies en riesgo, como el jaguar, fragmentando irreversiblemente la selva y afectando áreas protegidas. Todo este sacrificio ambiental resultó en vano, ya que el tren no trajo los beneficios turísticos ni la derrama económica transformadora prometida para Quintana Roo y el sureste.
En síntesis, el Tren Maya ejemplifica un proyecto que, pese a la inversión pública masiva y el impacto ecológico devastador, no cumplió con las expectativas más básicas de uso y rentabilidad, dejando una deuda financiera y ambiental que el país pagará por décadas.



