Fin de la Era Trump
Donald Trump levanta el puño en los escalones del helicóptero militar en los jardines de la Casa Blanca este 20 de Enero 2021, su último viaje como presidente de los Estados Unidos, a tres horas de que Joe Biden sea investido como el nuevo presidente de la Unión Americana.

Foto: Agencias

Desencanto en el Caribe (Novela)









DESENCANTO EN EL CARIBE
ESMARAGDO CAMAZ








CAPITULO I
SIN LEALTAD
Muchos años y muchas cosas tuvieron que pasar para terminar entre ambos no sólo la amistad de toda una vida, sino un proyecto de estado.
El blackberry sonó temprano anunciando la llegada de un mail. El sonido –que leve-, le retumbó en el cerebro. Fue lo que lo despertó. Párpados pesados, cansancio mental y pesadez anímica. 
-Uno más-, pensó Anastasio de la Rosa. Pero contrario a su costumbre, esta vez no lo leyó, no en ese momento.
Medio día en Galicia y era la hora que no dejaba la cama. No había razón para hacerlo. Ya no había prisa, ni eventos, ni reuniones, ni esposa, ni familia, casi que ni hijos tampoco. El mundo, su mundo, había cambiado en apenas días, aunque a él le parecían todavía minutos.
Ya no era gobernador.
La habitación del hostal –majestuosa-, digna de reyes, pero solitaria. De la Rosa escogió para un primer descanso el Hostal de los Reyes Católicos, en Santiago de Compostela. 
Renovado en 2006 con motivo de una visita papal a la ciudad, el inmueble, un castillo de 500 años de antigüedad, sirvió de estancia de paso para los reyes católicos españoles que viajaban de la Coruña a Madrid, cuando la realeza eventualmente veraneaba en Galicia.
El hostal, un centro de hospedaje de 5 estrellas, es hoy una especie de hotel-museo que destaca entre las edificaciones en el centro de la ciudad de Santiago de Compostela, y es también, el primero de los antiguos paradores convertidos en museos, una iniciativa de los turisteros españoles. 
Quizá por su afición a la historia o por discreción, al ex gobernador caribeño le pareció esta posada-museo un buen lugar para el asueto.
También tenía mucho qué pensar y este lugar le parecía bueno para ello. Hacer un balance de su sexenio y sobre todo recapitular sobre errores cometidos, eran dos de sus tareas próximas.
A lo largo de su carrera política de muchos años, De la Rosa se forjó así mismo como un personaje en dos vías. En lo público, era un individuo reservado, buen escucha, tolerante e indulgente. Padre de familia, un hombre de hogar, siempre rodeado de su esposa y sus dos hijos. Gobernante probo, se presentó ante su pueblo como estadista y supo hacer mutis cuando fue necesario, pero supo también figurar en ocasiones en que las circunstancias se lo permitieron. Cosa que sucedió muy a menudo durante su gobierno.
En lo privado, era un hombre calculador, dominante, manipulador y de piel muy sensible a la crítica. No soportaba el escrutinio público, por eso desde el inicio de su mandato, copó con dinero medios informativos y grupos que le fueron adversos. Y a quienes no aceptaron la coacción, los calló de diversas formas. Las mujeres, su debilidad. El cultivo de su imagen, su pasión. Ególatra. El fomento del elogio a su favor, labor diaria de sus más allegados. Pulcro en su vestir, vanidoso. Déspota, traidor, intrigante, caprichoso y vengativo. Adicción al poder, su perdición. 
El mandato del gobernador caribeño se distinguió por el más puro ejercicio del poder. O sea, hacer lo que él quisiera. Así lo aprendió desde hacía años atrás, cuando asumió el cargo de alcalde de su natal, isla Golondrinas, tras aprender todo sobre cómo gobernar al lado de su jefe, el entonces gobernador de la Península Caribeña, Ernesto Coromoto.
Cómo aplicar el poder sin consulta ni vacilación, pero sobre todo, con mano firme.
-Para que nadie se te salga del huacal- era lo que le habría dicho Coromoto en más de una ocasión.
De Coromoto aprendió también lo que como gobernador no debía hacer. O más bien, cómo debía hacer lo que él quisiera sin que esto le trajera al menos, demasiadas consecuencias.
Doce años en la cárcel por sus nexos con el narcotráfico era una consecuencia grave para un ex gobernador. 
-La cárcel es buena enseñanza- le confesó Coromoto la última vez que De la Rosa lo visitó en prisión, en Nueva York.
En la Plaza del Obradoiro se escucha el bullicio de cientos de turistas que recorren el centro de Santiago de Compostela, repleto de edificaciones del siglo XIV y XV, incluidos los cuatro edificios que tienen frente a la enorme plancha de piedra, entre ellos, el hostal de los reyes católicos.
Pero en el interior de la habitación, De la Rosa -aún en la cama y con los ojos cerrados-, sólo escucha sus recuerdos. Ponerlos en orden es todo un reto. La avalancha de sucesos en su cabeza no respeta orden cronológico. Pasa de un escenario a otro y regresa donde mismo en segundos.
Poco a poco va abriendo los ojos. Su mirada se cruza con el haz de luz que filtra el enorme ventanal ubicado en una pared lateral a la cama, a tres metros de distancia de él.
Su mirada se pierde en el cielo y a la distancia las figuras imaginarias en el firmamento se van transformando en hechos reales que forman parte de su historia.
Cierra los ojos para ver mejor y regresa al día en que irremediablemente tuvo que entregar el poder. 
De la Rosa dijo siempre que –a diferencia de otros-, él se prepararía con tiempo para dejar el poder. Hizo, según él, todo lo necesario para transitar sin sobresaltos por ese momento.
Cuando consideró oportuno iniciar los preparativos, en el cuarto año de los seis de su gobierno, De la Rosa encontró a su sucesor ideal.
Siempre dijo necesitar alguien que compartiera su óptica de estado. Alguien quien tuviera un perfil adecuado para continuar con su proyecto, le confió alguna vez sólo a sus más allegados.
De la Rosa necesitaba alguien dispuesto a más que eso.
La Península Caribeña se había tornado muy caliente. La delincuencia organizada, ya con la protección de la policía del gobierno de De la Rosa, parecía no tener límites.
En la Península, dos cárteles de la droga, los Beltrán Leyva y los del Golfo, operaban libremente el trasiego de drogas provenientes de Colombia en ruta a los Estados Unidos.
Jesús Armenta, era el jefe de la policía peninsular. En mayo de 2007 atendió en sus oficinas de la capital de la Península Caribeña al emisario de uno de estos cárteles, de quien recibió 100 mil dólares por cerrar el convenio de protección. 
Cada traslado de cocaína dejaba millonarias ganancias a autoridades. En tiempos del ex gobernador Ernesto Coromoto, cada uno de estos embarques de droga le redituaba hasta 500 mil dólares. Fue por eso que en sólo tres años, entre 1994 y 1997, el ex mandatario acumuló una fortuna de 19 millones de dólares por este trasiego, lo que significó a su vez, el traslado de 200 toneladas del polvo a los Estados Unidos en ese período de tiempo.
Por eso Coromoto permanece preso en Nueva York, a la espera de una condena por lavado de dinero y narcotráfico, aún después de los 12 años que permaneció en prisión en su país de origen.
Anastasio de la Rosa había acumulado también durante sus años como gobernador, millones de dólares. 
Pero en el invierno de 2009 las relaciones entre los cárteles y la policía peninsular tomaron un giro inesperado.
Un general del ejército, destacado por su lucha contra el narcotráfico en las provincias del norte del país, había sido enviado a Cocotero, principal polo turístico de la Península Caribeña y de toda la nación, para emprender una cruzada en contra de los barones de la droga establecidos en ese destino.
Pero tan sólo la filtración de que el general arribaría como jefe de la policía de Cocotero fue suficiente para que la delincuencia organizada pactara en su contra. Los Zetas, brazo armado del cártel del Golfo, lo asesinaron apenas horas después de su arribo al polo turístico. En su ejecución habían participado también jefes policiacos y miembros del gobierno de Cocotero. Los responsables fueron cayendo uno a uno en manos del ejército, que los persiguió y entregó a la justicia federal.
Este hecho desató una lujuria delictiva en toda la Península. Ya con una renovación de mandos, los cárteles diversificaron sus actividades en la Península Caribeña. Tráfico de indocumentados, secuestros y extorsiones a empresarios de alto niel, masificación de las narco-tienditas y el incremento del trasiego de drogas, formaban parte de sus actividades.
Pero otro suceso cambió una vez más la situación y puso al gobierno de Andrés de la Rosa en una situación de alto riesgo.
Un video póstumo en Youtube, de un grupo autodenominado “Matazetas”, mostró un interrogatorio de tres sujetos que revelaban con santo y seña las actividades delictivas del Cártel del Golfo en la Península Caribeña y los nombres de sus protectores, entre ellos, Jesús Armenta. 
Al siguiente día de la aparición del video, el gobernador De la Rosa difundía en los medios de comunicación la versión de que la mención de su jefe de policía en ese video no era más que una estratagema de los grupos delictivos para perjudicarlo, al tiempo que decía ratificar su confianza en la limpieza moral de su colaborador.
Pero apenas tres meses después, policías federales arrestaron a Armenta, acusado de brindar protección al narcotráfico.
La noticia causó estupor en la Península Caribeña, pero entre el gabinete del mandatario el impacto fue otro. De la Rosa había garantizado a sus funcionarios la inocencia y buen resguardo de su jefe de policía, quien le había servido en esa posición desde los tiempos en que había sido alcalde de su natal isla Golondrinas.
Pero con Armenta en la cárcel, la credibilidad depositada en De la Rosa empezó a mermar y la desconfianza se fue manifestando gradualmente entre sus principales colaboradores.
Por eso el gobernador necesitaba un hombre de comprobada lealtad para sucederlo en el cargo. Alguien manipulable con quien pudiera transitar seguro del poder al desamparo político. Un personaje dispuesto a todo, a todo lo que él le ordenara hacer. 
Al gobernador no le importó mucho las desconfianzas surgidas entre su gabinete, salvo el caso de su sucesor, Gabriel Anaya, quien a fin de cuentas sería su salvo conducto para librar, al menos lo mejor posible, su salida del gobierno de la Península Caribeña, cosa que no logró con éxito Andrés Coromoto, su mentor.
Anaya era diputado federal y había sido preparado por De la Rosa para sucederlo en el cargo. Pero el legislador, sin experiencia en la política, también era su amigo, o al menos, así le interesaba mostrarse con él.
Dócil, servil y fiel a De la Rosa, Anaya vio con recelo el caso de Jesús Armenta, a quien consideraba un amigo mutuo de siempre y le parecía injusto que el jefe policiaco tuviera que permanecer en la cárcel tras dedicarse a servir en todo a su jefe, el mismo al que él servía.
Ese fue el principio del desencanto.
Anaya no se lo dijo a su jefe, pero apenas asumiera como gobernador de la Península Caribeña, acabaría con la injusticia cometida sobre Armenta. 
Esa era una afrenta pendiente.
Tampoco se lo dijo a De la Rosa, pero Anaya ya había tomado una decisión en ese momento. No seguiría los pasos de su jefe. 
José Jackson asumió el cargo de gobernador de la Península Caribeña el día en que Andrés Coromoto ya lo buscaba la justicia por sus nexos con el narcotráfico. Durante ese sexenio el crimen organizado vio disminuida su participación en la plaza y no se reactivó del todo, hasta que Jackson entregó a De la Rosa el gobierno.
Con sus acciones, José Jackson le había dado la espalda a su antecesor, Andrés Coromoto, de quien se deslindó completamente. A Gabriel Anaya le gustaba más este formato y ya se preparaba para deslindarse con oportunidad de Anastasio de la Rosa, apenas este le entregara el poder.
Y ese día llegó.
La jornada del cambio de poderes inició temprano para ambos personajes. Gabriel Anaya recibía múltiples llamadas y mensajes de felicitación. Apenas y le permitían avanzar en su atuendo.
En la habitación, Paula Aké -su esposa-, hacía lo propio, mientras juntos intentaban sin éxito, relajarse ante un suceso de tal magnitud.
La presencia de Paula en la alcoba de Anaya era por sí mismo, un recordatorio de la influencia que De la Rosa ejercía sobre él.
El gobernador tenía pleno dominio de la vida y acciones de Gabriel Anaya. Por eso cuando lo consideró oportuno y en función a sus intereses, decidió incluso, quién sería la mujer adecuada para convertirse en la primera dama de la Península Caribeña.
Era Edith Palma el amor de su vida, pero Anaya tuvo que aceptar a Paula. 
La fortuita llegada de esta joven al menos sirvió de alivio para la traición de la que fue objeto, una especie de desliz amoroso entre un funcionario del gabinete de De la Rosa –además su amigo-, y Edith, quien quedó atrapada en la estratagema del mandatario.  
De la Rosa no supo en qué momento su delfín conoció la verdad del complot que le fraguó para desbaratar ese amor que a todas luces, le parecía un riesgo para sus planes de sucesión.
Los detalles de este pasaje también eran razones acumuladas para que Gabriel Anaya estuviera decidido a tomar acciones que estaban prontas a suceder.
CAPITULO II
AMOR Y TRAICIÓN
Edith Palma y Gabriel Anaya se amaban. Era difícil decir cuándo había sido el momento en que estos dos empezaron a desatar sus sentimientos. Si la gastada frase aquella del “uno para el otro” tuviera algún sentido, ese era el amor de estos tórtolos.
Mujer de carácter firme, inteligente, pero sobre todo, audaz y de fina intuición, Edith supo ver en Gabriel cualidades que otros no quisieron ver. Cierto que nunca fue un tipo brillante, pero al menos de la forma en que ella lo conoció, le pareció un hombre con quien podía hacer una vida.
Edith era el tipo de mujer que sabía lo que quería y cuando conoció a Gabriel, éste ya era objeto de envidias y golpes bajos entre aquellos que cerca del poder, veían en él una excesiva cercanía con el gobernador caribeño, lo que a juicio de sus detractores, era demasiado padrinazgo para alguien de tan poca monta en las lides políticas.
Y la relación con su jefe, el gobernador caribeño, a quien Gabriel servía en puestos administrativos, tampoco le aclaraban del todo el camino, que por momentos incierto, lo hacían divagar. 
Como encargado de compras y adquisiciones del gobierno peninsular, Gabriel tenía la encomienda de pactar con proveedores para obtener a través de jugosas comisiones, beneficios económicos a favor de su jefe. La tarea era riesgosa, pero era parte de su trabajo, le explicó siempre a Edith.
Pero esta mujer supo llevarlo por caminos que, llenos de fango, transformó en una tersa senda que abonó con una especie de mezcla de ternura, coraje y pasión que le permitió al imberbe andar hacia la luz.
Unir sus vidas de manera definitiva y enfrentar juntos adversidades en un mundo de poder y traición era un asunto que Edith y Gabriel daban por descontado.
Pero De la Rosa no pensaba igual. No cuando se convirtió en realidad la posibilidad de que Gabriel Anaya asumiera como gobernador.
Originalmente, cuando el joven Anaya regresó a la isla Golondrinas procedente de ciudad Sultana, en el norte del país, donde había cursado estudios universitarios, se unió a De la Rosa, quien en ese momento, patrocinado por Coromoto, su guía y mentor, aspiraba a un escaño en el congreso nacional.
No eran contemporáneos, pero la intervención de Mercedes Sánchez, esposa de De la Rosa y prima de Gabriel, abonó a favor del entonces veinteañero.
-No tiene experiencia, pero ya irá aprendiendo-, le dijo Mercedes a su marido.
Mercedes ejercía una profunda influencia en De la Rosa. Contrario a lo que este creía, ella era la dominante en ese matrimonio. Con sutileza inaudita y un manejo magistral del chantaje, la mujer, que rápido aprendió el ejercicio del poder, dejaría huella -en el futuro cercano- de la toma de decisiones que tuvieron alcance transexenal.
Después de su paso por el congreso nacional, De la Rosa fue postulado candidato a la gubernatura y obtuvo, no sin dificultad, el triunfo. 
Tras cuatro años de ejercicio del poder y poco antes de que el gobernador dejara el cargo, en un momento en que el proceso de sucesión se aproximaba, las relaciones amorosas entre Edith y Gabriel se convirtieron gradualmente en un asunto de estado.
Edith no simpatizaba del todo con De la Rosa. Siempre le pareció que el gobernador era algo retorcido.
-No sé, no me gusta su forma de ser. Hay algo que no me late de él, no es de fiar-, le dijo en más de una ocasión a Gabriel.
No se lo dijo, pero además de las desconfianzas, las miradas libidinosas, comunes en De la Rosa, eran parte de las razones por las que Edith le disgustaba el gobernador caribeño.
En su búsqueda del poder, De la Rosa esgrimió sin recato contra cualquier enemigo que pudiera alejarlo de sus propósitos. Y cuando Anaya se convirtió aunque muy a su pesar en uno de ellos, esgrimió contra Edith.
El gobernador caribeño tenía dudas sobre quien sería su sucesor. Había observado en los últimos meses con especial cuidado y atención el desempeño de varios de sus funcionarios, pero el abanico de opciones aún no cerraba.
Mercedes lo resolvió.
De la Rosa barajaba tres opciones. La primera, Lorenzo Castillo, un ex alcalde de Playitas y el menor de un cacicazgo originario de la isla Golondrinas que había gobernado alguna vez la Península, pero que venido a menos en los últimos años, su Tlatoani era hoy menos que una leyenda que ya nadie respetaba. Por esa simple razón y por la desconfianza en una familia que Anastasio consideraba su rival y hacia la que no guardaba el menor respeto, el gobernador despreció al benjamín.
El segundo era un hombre originario de ciudad Capital, Roberto Vázquez, quien había gobernado alguna vez su terruño y contaba con capital político en el sur de la Península, y aunque De la Rosa lo placeó repetidamente por el norte también para ganar adeptos, nunca terminó de cuajar. Vázquez siempre se dijo fiel al gobernador, pero lo cierto es que éste no confiaba plenamente en él y por ello también lo desechó.
La tercera opción era otro ex alcalde de Playitas, Ramiro Sacramento, un hombre que había ganado la confianza de De la Rosa por servirle como acaparador de tierras desde un cargo asignado por el propio gobernador. Como ministro, su posición le permitía desarrollar importantes proyectos para la Península, pero antes de echar a andar las obras, compraba extensas áreas de tierra aledañas a precios irrisorios, y una vez terminados los complejos, estos terrenos se convertían en millonarias propiedades, mismas que eran trasladadas al patrimonio de De la Rosa.   
Llegó un punto en que De la Rosa pensó en la tercera opción, pero Mercedes, que ya tenía otros planes, disintió de él.   
El gobernador tenía la mala costumbre de dar cargos y poder a sus concubinas. Mercedes lo sabía, pero lo toleraba porque esto le permitía identificarlas con más facilidad y tener control sobre las mujeres de su marido.
Y por ahí empezó la discusión.
-¡Sé lo de tus putas, tus arreglos con esos zánganos y las pendejadas que haces con la gente que veía Armenta!- espetó la primera dama al gobernador tras abogar por su primo, en el que ella confiaba plenamente.
-No creo que eso te sirva para tus sueños de grandeza en España-, lo remató la mujer, al conocer ella la obsesión del mandatario por convertirse en embajador de su país en la península Ibérica, y de los efectos que tal información causarían en tal pretensión política.
Nada perturbaba más al gobernador que la sola posibilidad de que por alguna razón, el futuro presidente del país no lo nombraba su embajador en esa Nación.
España era su sueño y por eso De la Rosa no tuvo más que asentar con la cabeza la decisión de Mercedes respecto a la sucesión gubernamental en la Península Caribeña. 
Y para seguir el juego de la sucesión tal cual lo marcaba la tradición, De la Rosa dio en ese momento más cargos a sus tres opciones e hizo correr la voz en todo el territorio peninsular de que entre estos tres saldría el próximo gobernador. 
El siguiente paso era convertir a Gabriel Anaya en congresista nacional, pero al tomar esa decisión, el gobernador sabía que ahora más que nunca, debía estar seguro de tener el control absoluto sobre su nuevo prospecto. Arroparlo con ese poder sin tener la seguridad de su obediencia era en definitiva, un riesgo que no podía correr.
Demasiado juntos y con dominio sobre él, Anaya no garantizaba obediencia a De la Rosa mientras Edith estuviera en medio. El momento para actuar en ese sentido había llegado, pues de librar este inconveniente, el gobernador tendría ahora sí en Gabriel, el prototipo de su delfín.
De la Rosa hizo traer entonces al Titiritero.
No era un hombre muy grande. Fino en sus modales, una dama en su trato, este personaje era de todos sus operadores, el experto de la intriga y la cizaña. Maestro de la manipulación y el engaño, muchos años le sirvió también como infiltrado entre adversarios, y en otras ocasiones, fue capaz de deshacer alianzas que otros creyeron indivisibles.
El Titiritero era en ese momento sin duda, el hombre indicado para acabar con el amorío de los tórtolos.
-Ese es el único problema que veo con el Gabo, pero si lo logras, lo demás ya será más fácil-, le dijo De la Rosa a su operador, al encomendarle la misión.
El Titiritero era un hombre identificado dentro del primer círculo de poder del gobierno peninsular, era amigo común de los funcionarios del gabinete del gobernador caribeño y era por sí mismo, un personaje que formaba parte de ese grupo.
Para buena suerte del Titiritero, Edith tenía un punto en contra, no era de las simpatías de Mercedes. No era algo personal, era sólo que la primera dama había perdido la confianza en las mujeres desde hacía muchos años atrás. 
La azarosa vida de una poderosa mujer a la que no le faltaba más que belleza y  la simple e inalcanzable fidelidad de su marido, le arrebató el encanto de la credulidad, pues no había mujer en la que Mercedes no desconfiara primero como una advenediza en busca de su marido por fortuna y poder, aún si esa mujer era de otro hombre.
Mercedes se hizo fuerte y se impuso una venda en los ojos hacía mucho tiempo atrás. Ella supo por primera vez de la infidelidad de su esposo en una forma en que suele suceder: cuando el pueblo entero ya lo sabe.
Peor aún, Mercedes supo de un hecho trágico en la isla Golondrinas. La violenta muerte de una joven que amó al hombre equivocado. Ese hombre era su marido. 
Este hecho, sucedido muchos años atrás, marcó para siempre a la primera dama. 
A Anastasio de la Rosa en cambio, el fantasma de Yamira Castro lo ha perseguido siempre en la profundidad de su conciencia.

CAPITULO III
MACHISMO, MUERTE Y MANIPULACIÓN
Despertó de un sobresalto. La mar de recuerdos lo fue llevando a un profundo éxtasis en que los pasajes históricos de su existencia lo confundían con sus sueños y el abrupto despertar a su realidad sólo lo hacía sentir más miserable.
Así le pasaba al gobernador caribeño cada vez que se perdía en los recovecos de sus memorias.
En el exterior del hostal de los reyes católicos los turistas curiosean, mientras en el interior, Anastasio en su habitación va dejando muy lentamente la posición horizontal. Sentado sobre la cama apoyando su espalda en el cabezal, encoje las piernas y abraza sus tobillos. Es en cierta forma, una posición fetal.
La escena, vista en sentido cinematográfico desde lo alto en el exterior del edificio, nos va llevando en el viaje de una cámara que se va acercando lentamente en plano panorámico a través de un enorme ventanal a la habitación del gobernador caribeño, hasta llegar al detalle del rostro de un individuo prototipo del poder perdido.
En ese viaje, con los ojos apuntando siempre a la cámara imaginaria, De la Rosa va desnudando el alma a través de una mirada perdida en el firmamento. El trayecto de la cámara es muy largo. No es una cámara lenta, es sólo que el tiempo parece correr más despacio cuando más profunda es la añoranza de lo perdido.
La escena termina cuando el gobernador caribeño concluye en algo básico, tiene que dejar su refugio, ya es hora de salir a comer.
En la Península Caribeña Gabriel Anaya ya es gobernador. La primera sorpresa se la llevaron quienes contaban con un lugar seguro en el nuevo gabinete. Herederos del gobernador caribeño y operadores para el triunfo de su delfín, los “incondicionales” a De la Rosa pasaron en días, de la palestra al desamparo.
Después del triunfo del Titiritero, que le arrebató a Edith para entregársela en bandeja de plata al funcionario que De la Rosa puso al frente de la juventud y el deporte, el corazón de Anaya filtraba hiel.
El delfín no supo de la jugarreta que el gobernador Caribeño operó en su contra sino hasta pocos meses antes de asumir el poder, cuando ya había ganado las elecciones y en un momento en que sólo una cosa era segura: tendría la oportunidad de vengarse de quienes lo habían mancillado, entre ellos, el propio De la Rosa.
Segunda razón para el desencanto.
Gabriel Anaya, ya como Congresista, se convirtió en uno de los tres aspirantes del Partido Institucional –PI-, al gobierno de la Península Caribeña. La señal fue clara para la clase política.
No fueron pocos los que intrigaron contra Anaya cuando De la Rosa lo perfiló como su delfín. Ya no decir de quienes se burlaron de él. Su obesidad le sirvió a muchos para el chacoteo ocasional y para otros fue diaria diversión. 
Entre la clase política a la que decía pertenecer, la burla a su persona era superior cada vez que, para recitar un discurso, era un suplicio la lectura y peor aún la improvisación, pues escucharlo era además una práctica inútil, a decir de sus propios correligionarios.
Funcionarios que servían a De la Rosa y que se sentían con derecho para que los designara su sucesor, empezaron el boicot contra Anaya. Las filtraciones sobre excesos e ilegalidades contrarias a leyes electorales cometidas por el delfín, surgieron de sus dos principales competidores. Lorenzo Castillo, el ex alcalde de Playitas y en ese momento legislador nacional, y Roberto Vázquez, ex alcalde de ciudad Capital y representante del gobernador caribeño en las ciudades del norte de la Península. 
Información comprometedora contra Anaya empezó a aparecer en la prensa, pero sobre todo en medios alternativos, pues aún cuando el gobernador caribeño copó con dinero a la prensa convencional para operar a favor de su delfín, en ese resquicio de las nuevas ofertas informativas independientes el gobernador perdió control. El objetivo del ataque era bajar al delfín de la contienda. 
Castillo armó una estrategia que consistió en el pago de importantes cantidades de dinero a periodistas que se encargaron de insertar en la prensa -de forma sutil-, información en dos sentidos. Por una parte, la difusión de su imagen y de actividades positivas en su calidad de legislador nacional, con la finalidad de influenciar en el ánimo de los electores y diversos sectores políticos, esto con la intensión de promoverse como posible candidato.
Y por la otra, la promoción y difusión velada de la denuncia contra Anaya en casos como, el despliegue anticipado e ilegal de propaganda, magnificación de las múltiples pifias de este, y la filtración de datos personales y anecdóticos que hicieron las delicias de miles de caribeños que se informaron a través de la prensa alternativa.
Vázquez por su parte, también emprendió una férrea campaña contra Anaya desde las propias entrañas del gabinete del gobernador caribeño. Hizo uso de todos los recursos a su alcance y extendió un manto de intriga sobre altos funcionarios del gabinete de De la Rosa, quienes también filtraron información a medios alternativos.
Así fue que los caribeños conocieron los detalles de la suntuosa boda de su delfín, que costó al gobierno de De la Rosa más de dos millones, en moneda caribeña, y que fue publicado por medios alternativos.
Vázquez también operó entre la burocracia para buscar consenso a su favor y desvirtuar al delfín, cosa que tampoco le costó mucho trabajo, pues el grueso de los trabajadores del gobierno de la Rosa tampoco querían a Anaya, a quien identificaban como un junior engreído sin experiencia ni méritos para asumir como gobernador.
Pero lo peor para los burócratas no era eso, sino que la llegada de Anaya al gobierno Caribeño representaba también la permanencia de sus jefes de departamento, sub directores, directores de área y ministros, pues el primer círculo del equipo de trabajo de De la Rosa era el mismo que operaba para llevar a su delfín a como diera lugar al triunfo electoral y servirle como gabinete una vez que Anaya fuera gobernador.
En esas circunstancias, la base trabajadora del gobierno sabía que si Anaya ganaba, tendrían que repetir jefes y eso era algo motivacional para los burócratas, pero para hacer perder al delfín. Por eso Vázquez encontró terreno fértil y operó mucho en ese sentido.    
Para ejercer más presión sobre De la Rosa en su afán de ser alguno de ellos su sucesor, usaron nexos con personajes opositores al gobierno y en repetidas ocasiones aparecieron en la prensa con sendas amenazas de abandonar el PI y contender como abanderados de partidos políticos de oposición.
Lorenzo Castillo se hizo presente en eventos de fuertes políticos de oposición para aparecer en fotografías de prensa como uno de ellos y ejercer un nivel más alto de chantaje sobre De la Rosa. Incluso fue más allá al usar y manipular al alcalde opositor de Cocotero, a quien hizo creer con la ayuda del Titiritero, que formaban una mancuerna indivisible y que al menos uno de los dos sería el próximo gobernador.
Este pasaje fue muy fructífero para Castillo, pues le sirvió para llevar su plan de chantaje al máximo. 
En la recta final y tan sólo a 72 horas de que venciera el plazo para el anuncio oficial de quién sería el candidato del PI, De la Rosa negoció con Castillo. Al gobernador caribeño no le importó llenarlo de prebendas y darle posiciones a cuatro de sus protegidos en igual números de municipalidades, pues obtuvo a cambio una ganga de supermercado.
Castillo no sólo se abstuvo de atacar más al delfín, sino que permitió que el Titiritero entregara la cabeza del alcalde de Cocotero a las fuerzas policiales nacionales, aún cuando había sido este mismo personaje el operador para formar entre ellos una alianza que parecía indivisible.
Ya con las arcas llenas producto de sus caprichosas peticiones y al manifestar Castillo públicamente que no tenía interés en ser el próximo gobernador de la Península Caribeña, el alcalde de Cocotero dejó el cargo para convertirse en el candidato de los opositores y emprendió una agresiva campaña en que en días lo llevó a la cabeza de la preferencia del electorado.
Pero a De la Rosa no le preocupaba eso. La negociación con Castillo estaba firme y era cuestión de tiempo para que la labor del Titiritero rindiera frutos. Con Jesús Armenta en la prisión del Rincón, el gobernador caribeño no tenía qué hacer mucho para hundir al candidato opositor. 
Armenta dijo lo que tenía que decir y no mucho tiempo después, el ex jefe policiaco del gobernador caribeño y el candidato opositor ya compartían espacio en la misma prisión. 
Otro triunfo para el Titiritero.
En cuanto a Vázquez, el gobernador caribeño también lo llevó a una negociación. El ex alcalde de ciudad capital se hizo ojo de hormiga tras la designación de Anaya como candidato del PI y no apareció sino hasta después del triunfo del delfín, en un momento en que se filtró la información que se convertiría en el presidente de los congresistas de la Península Caribeña.
Pero todas estas negociaciones fueron hechas por De la Rosa para garantizar el triunfo de su delfín y salvar a su vez el pellejo una vez que sin poder, el frágil tinglado de su gobierno se viniera abajo.
Anastasio dio por sentado que con toda esta operación, Anaya lo protegería una vez dejado el poder, pero se equivocó.
El chef Marcelo Tejedor es bien conocido en Santiago de Compostela por las crónicas gastronómicas del Correo Gallego, aunque a fin de ser justos, habrá que decir que su fama es mayor por la exquisitez de su cocina. Sus platillos son dignos de reyes y quizá por ello es que sin ser una casualidad, Casa Marcelo está ubicada en la Rúa das Hortas, a escasos cincuenta metros de la plaza Obradoiro, donde sobresale el edificio del Hostal de los Reyes Católicos.
En la mesa junto a la ventana, Anastasio de la Rosa espera el primer platillo. La oferta de la casa es magnífica y variada, pero el ex gobernador prefiere los sabores del mar. 
El mar le recuerda su casa. Su niñez. Sus amigos. Sus andanzas. Su añorada isla Golondrinas. Esa que siempre creyó en verdad suya. Los recuerdos de su tierra lo llenan de regocijo y aunque su familia ya no está con él, el beneplácito de creer en el terruño se hace presente.
Por momentos olvida los tragos amargos, pero irremediablemente los demonios, sus demonios, también aparecen.
En el invierno de 1999, cuando Anastasio era alcalde de su amada isla, y en un punto en que ya estaba acostumbrado a ejercer el poder, su libido no tenía freno y siendo proclive a las jovencitas, las andanzas amorosas de De la Rosa culminaron en ese momento con un hecho de sangre.
Jesús Armenta, quien desde ese entonces ya era su jefe de policía, se encargaba –a través de sus “contactos”-, de reclutar jovencitas para De la Rosa, en una especie de actividad que también sirvió de comercio sexual.
Eran jovencitas menores de edad, estudiantes e hijas de familia, muchas de ellas con pocas posibilidades económicas, que entre el juego del amor y el encanto del dinero, iban cediendo ante la lujuria de Anastasio, por ese entonces, un depredador insaciable.
En ese juego, Yamira Castro, de 16 años de edad, sucumbió ante el alcalde y saliendo embarazada de él, reclamó derechos a favor del producto. 
La petición de la jovencita se convirtió en chantaje, le reclamó Anastasio a su jefe de policía, y temiendo que el escándalo llegara, primero a Mercedes, después a toda la isla y finalmente vía medios de comunicación a toda la Península, ambos personajes acordaron acallar a Yamira de alguna forma.
El plan consistía en darle a Yamira “un susto” para que desistiera de su propósito. 
Armenta hizo traer a dos fulanos de Cocotero, quienes se hospedaron en un hotel de la isla Golondrinas. Ahí, Armenta les dio instrucciones. Tenían que buscar a Yamira para un sexo servicio. Les especificó una discotheque para encontrarla y les dijo que ya una vez con ella, debían amenazarla y dejarle en claro que De la Rosa no iba a permitir chantajes.
Los sujetos cumplieron.
"Bajamos a Yamira en un lote baldío ubicado en un costado del aeropuerto y le advertimos acerca de la actitud que estaba tomando con el alcalde de quererlo extorsionar por un supuesto embarazo, poniéndose ésta impertinente, por lo que se tuvo que tranquilizarla a golpes, y como estábamos ya alcoholizados se nos pasó la mano y la abandonamos en el lugar. Agrego a usted que la intención no era matarla, sino darle un pequeño susto", –declararon los asesinos ante un juez en isla Golondrinas, como resultado de las investigaciones que la autoridad inició por el homicidio.
Pero estas declaraciones fueron inútiles, pues por orden de De la Rosa, el juez “extravió” el archivo de este caso. El expediente también citaba a Armenta, quien después del asesinato, protegió a los autores materiales y los mandó de regreso a Cocotero, donde nunca más fueron molestados.
La madre de Yamira buscó siempre –sin éxito-, que se hiciera justicia por el asesinato de su hija y su nieto, quien ya no alcanzó a nacer.
De la Rosa obtuvo lo que quería, el silencio de la joven. Ya lo demás no le importó. Anastasio instruyó a Armenta para cerrar el capítulo y supo también que por siempre, estarían ligados en la muerte de la jovencita.
La muerte de Yamira por cierto, trascendió en toda la Península Caribeña años después, cuando el expediente de la investigación fue filtrado por el Titiritero a políticos opositores en ocasión de la campaña electoral para elegir al nuevo gobernador, cuando Anastasio de la Rosa ganó.
Sus opositores políticos a su vez, filtraron la información a la prensa, aunque no a todos los medios llegó, pues en el camino, un joven obeso que cargaba un portafolio lleno de dinero, iba acallando periodistas a punta de billetazos. Ese joven era Gabriel Anaya, el mismo que hoy gobernaba toda la Península.
Por ello cuando Armenta fue a dar a la cárcel por el asunto del narcotráfico, Anaya –que supo del caso Yamira y de muchos más-, consideró la encarcelación del jefe policiaco como una bajeza de De la Rosa, quien no metió las manos al fuego por él, aún cuando Jesús nunca actuó –como lo demostró siempre-, sin el consentimiento de su jefe.
El Titiritero por su parte, que en ese entonces guardaba rencillas con De la Rosa, confabuló en su contra filtrando los detalles del caso Yamira, sin pensar que en otro momento iba a operar a favor de Anastasio.
-Así es la política-, era siempre la justificación del maestro de la intriga y la manipulación, cuando tenía que explicar sus múltiples traiciones.
Por lo del crimen, y en ese momento de la contienda electoral, De la Rosa argumentó ante la prensa que esa era una falacia para desprestigiarlo y se deslindó del asunto, aún cuando la madre de la jovencita seguía insistiendo públicamente que el autor intelectual del asesinato de Yamira era Anastasio, en ese momento el candidato a la gubernatura de la Península Caribeña, y en el momento del homicidio, alcalde de isla Golondrinas.
En cierta forma, de la Rosa ya  se estaba acostumbrado a esto de las muertes de mujeres. Antes, en otro episodio de su vida, ya había cobrado la vida de otra fémina.
Mercedes por su parte, supo finalmente donde estaba parada. Las andanzas amorosas de su marido y el asesinato de la jovencita llegaron a sus oídos porque en las calles de la isla ese era el tema y estaban de luto. No hubo forma de auto engañarse más, la primera dama de la isla Golondrinas tuvo que aceptar las infidelidades de su esposo y tragárselas cada vez más seguido.
Poco a poco Mercedes fue entiendo su rol en esa pareja y concluyó que callar y chantajear le podían redituar más a la larga, pues al igual que su marido, ella también se iba haciendo adicta al poder. 
La mujer de De la Rosa no estaba dispuesta tampoco a regresar a la vida que antes tuvo. No supo de viajes a Europa en primera clase hasta que una poderosa dama la llevó alguna ocasión junto con toda su prole. Así conoció la buena vida y se prometió jamás regresar a su pasado.
Por eso Mercedes aguantó todo a su marido, aunque sin perder el control que ejercía sobre él, pues a fin de cuentas, ella también fraguó su plan y sabía que al lado del gobernador Caribeño su fortuna y la de su familia, incluidos sus hijos, iba a ser perene. 
Permitió las infidelidades de su marido, incluso en aquellos casos en que los deslices de Anastasio rayaban en lo grotesco y en el insulto, pues cual su costumbre, a sus amantes les daba cama, fortuna y poder político, incluso.
Así ascendió al poder Mónica Amor, su ministra de Turismo. Originaria también de la isla Golondrinas, la mujer formaba parte del exclusivo grupo “Ricos y Mocosos”, donde sólo cinco eran los distinguidos amigos.
Anastasio de la Rosa, el gobernador caribeño, Franky Marzuca, quien le sirvió como ministro del tesoro y después lo hizo diputado peninsular, Onésimo Fernández, a quien puso al frente del Instituto para la Transparencia del Gobierno Caribeño, el ITGC, Gabriel Anaya y Mónica Amor.
El grupo se autodenominaba así por un programa de dibujos animados que transmitía la televisión española. “Ricos y Mocosos” trataba acerca de las aventuras de unos bebés. Claro que como toda buena aventura había un gran obstáculo, en este caso la prima de uno de ellos no paraba de molestar y atormentar a los bebés.
Y quien los bautizó así fue pitonizo, pues la “bebé” del grupo se convirtió al tiempo, en un verdadero tormento. 
Mónica no dejó jamás a Anastasio. El amorío entre ellos fue creciendo al grado que el gobernador caribeño, cual su costumbre, le fue dando más fortuna y poder. 
Primero la hizo legisladora nacional. Con ese cargo y haciendo uso de sus encantos, la legisladora peninsular pronto apareció en medios nacionales a lado de uno de los más altos dirigentes del PI. En la Península todos hablaban de ella y aunque muchos destacaban sus logros políticos, la mayoría –los que decían conocerla mejor-, afirmaban que la atractiva caribeña ya se acostaba con importantes personajes de la política en la capital del país.
Luego, cuando De la Rosa vio el ascenso político de Mónica, la mandó a traer de regreso a la Península Caribeña, como ministra de Turismo.   
Al principio la concubina se negaba a regresar, pero a regañadientes y con la promesa de más prebendas del gobernador caribeño, Mónica Amor finalmente accedió y se instaló al frente del turismo, por cierto, la primera actividad económica de la Península.
Complacido de la Rosa al comprobar su poder y dominio sobre la rebelde, continuó su tórrido romance con la ahora sumisa, sin imaginar que en los siguientes meses se le iba a convertir en un verdadero dolor de cabeza.
Mónica Amor se sintió protegida por De la Rosa y en algún momento asumió que podía mandar dentro de su gobierno en los términos en que a ella se le antojara.
Un día pensó que ya era hora de promover su imagen de forma más autónoma  y empezó a diseñar un mega-evento en el que ella era la protagonista. Desde las oficinas de gobierno instruyó a directores de áreas, como relaciones públicas, comunicación social y otras, para hacer arreglos y acomodos en lo que sería su presentación estelar.
Las cámaras de televisión, la escenografía, los invitados y todo el tinglado en general estaban listos para el inicio del evento, pero Mercedes, que había sido informada poco antes del atrevimiento de la rebelde, llegó súbitamente a la cita.
Fingiendo demencia, la primera dama preguntó cuál era la razón de tan espectacular despliegue de recursos, a lo que de inmediato recibió respuesta. Al cuestionar quien había ordenado el espectáculo, los presentes hicieron una señal con el dedo índice en dirección a Mónica Amor.
Encolerizada la mujer, ordenó la inmediata cancelación del evento y los trabajadores no tuvieron otra más que iniciar el retiro de las cámaras de televisión, la escenografía y todo lo demás que habían instalado.
Mercedes quiso dejarle en claro a Mónica y a la concurrencia quién tenía la voz del mando en el gobierno de su marido.
Cuando el gobernador caribeño supo del incidente, buscó la soledad para descargar con todos sus fuerzas, las carcajadas que le provocó la disputa entre las mujeres.
Así era de cínico. 
Mónica por su parte no aprendió la lección, en cambio, juró venganza contra la primera dama.
En su búsqueda de afianzarse en el poder y escalar más posición, la ministra de Turismo organizó un viaje a España con motivo de la Expo que cada año ocurre en ese país y en la que convergen los funcionarios de los principales polos turísticos del mundo.
Para demostrarle a la primera dama el dominio que poseía sobre su marido al compartir ese viaje, la rebelde salió el día de la inauguración en Madrid con un atuendo que la crítica calificó como modelo de cine. Su presencia obviamente no pasó desapercibida, ocasionando en la Península caribeña, la cólera de Mercedes y la burla de la que fue objeto de parte de la clase política, y de los caribeños informados de los deslices del mandatario.
La ofensa para Mercedes no había sido menor.
Pero hubo más. Como del viaje a España salió triunfante y su presencia en la prensa daba cuenta de cada uno de sus actos, Mónica Amor pensó que era momento de ascender al poder, y en la víspera del proceso electoral, cuando se barajaban ya varios nombres, tuvo la puntada de considerarse como candidata a la gubernatura, o sea, pensó seriamente en ser ella la sucesora de Anastasio de la Rosa.
Los hombres del primer círculo del poder se burlaban de ella, incluido el propio De la Rosa, que hacía mofa con ellos de las puntadas de su funcionaria. Pero por alguna razón, la interfecta terminó tomándose en serio sus propias alucinaciones.
Organizó en un hotel de Cocotero una reunión a la que acudieron exclusivamente las mujeres militantes de su partido, el PI. En su discurso ante las féminas hizo mención al tema de la discriminación de las mujeres y reclamó la candidatura de la gubernatura para su género. 
Y en directa alusión a Anastasio de la Rosa, por su indecisión de hacerla candidata, ironizó ante la fina concurrencia:  
“La piel se le puede arrugar; es como el pene de los hombres y sus huevos se le van a caer". – dijo burlonamente la rebelde.
Las carcajadas entre la concurrencia hicieron retumbar el lugar. Las mujeres, ya envalentonadas, dieron rienda suelta a su sed de poder. 
Mónica Amor salió de la reunión sintiéndose más fuerte, apoyada ahora –según ella-, por su género. Pero Mercedes, a quien le informaban cada paso que daba la ministra de Turismo, se encargó de filtrar a la prensa la osadía de la concubina.
La burla pública sobre el gobernador caribeño fue mayúscula. Las represalias de este sobre Mónica Amor también. A diferencia de lo que ella quería, Anastasio la retuvo en el cargo y la segregó por completo. En política, el despido hubiera sido mejor, pero mantenerla en Turismo le sirvió al mandatario para castigarla con su desprecio.
Por su parte, este  desenlace también le sirvió a Mercedes para mantener libre el camino de su primo Gabriel Anaya hacía la gubernatura.   
Dolida y a sabiendas que Mercedes le seguía los pasos y la denostaba a cada momento, Mónica mantuvo un bajo perfil mientras organizaba un duro golpe contra su enemiga.
Mónica Amor fue la autora del golpe mediático más contundente que jamás nunca nadie asestó contra la primera dama y su familia.

CAPITULO IV
LA VENGANZA DE LA CONCUBINA
Mercedes creció en la medianía económica que a su padre le prodigaba una carnicería ubicada en el marcado de isla Golondrinas. Eran cuatro hermanos, tres mujeres y un hombre, este último, el menor de la prole. 
La familia nunca tuvo lo suficiente para figurar en ámbitos socialmente más importantes, pero la vida de los Sánchez cambió gradualmente con el ascenso de Anastasio al poder.
Al asumir como primera dama en isla Golondrinas, cuando sus hijos eran niños, Mercedes inició un camino sin retorno hacia el ascenso económico, lo que suele decirse, una trepadora social.
-Hubiera cambiado todo por haber visto crecer a mis hijos-, le confesó alguna vez a una amiga, al lamentar que sus críos estuvieron durante su niñez y adolescencia bajo el cuidado y atenciones de Esther, una de sus hermanas.
Originalmente Esther, una joven discreta en su forma de actuar y dedicada a la enseñanza de la informática, hacía una vida intrascendente en la isla. Pero con el acenso de Mercedes al poder, y una apretada agenda social que la distraía constantemente de casa, la hermana se hizo cargo de sus sobrinos, mismos que la reconocían como una especie de madre alterna.
Gradualmente Esther se fue transformando al lado de la pareja gobernante en una especie de consorte que pasó, de la simple cría de sus sobrinos, a la dirección de un complejo sistema de control económico y político por el que pasó gran parte de la fortuna que la poderosa pareja logró acumular en poco más de una década.
El paso de De la Rosa por la política en los últimos doce años transcurrieron así: tres años como alcalde de isla Golondrinas, tres como legislador nacional y seis más como gobernador.
Cuando la pareja asumió la gubernatura de la Península Caribeña, en un momento en que Mercedes y su familia ya tenían modos de vida producto del ejercicio del poder, la primera dama pensó que era momento de crecer aún más.
El amor de pareja, diluido por las interminables fugas de lujuria del gobernador caribeño, ya no servía de motivación para la primera dama, por lo que amasar más fortuna fue en un punto, su única razón de existir. Y fue en su prole donde Mercedes encontró justificación para sus acciones.
Hizo mancuerna con Esther e idearon un sistema a través del cual obtuvieron junto con el gobernador caribeño, millonarios fondos que engrosaron la fortuna de la familia, con el beneficio que otorga el abuso del poder.
Acordaron que cada proveedor del gobierno caribeño, así como los constructores a los que les asignaran obra pública, deberían pagar una especie de diezmo. Esther era la persona de más confianza y por ello la poderosa pareja le asignó la tarea de dirigir y pactar a través de sus operadores, el jugoso plan.
Fue entonces cuando Gabriel Anaya fue designado por Anastasio como encargado de la oficina de compras y adquisiciones del gobierno caribeño, la posición adecuada para usufructuar con el poder.
Esther operó a través de Anaya, éste a su vez, parte de la familia. Mercedes confiaba en él y a la larga sería además de su aliado, el nuevo gobernador de la Península Caribeña.
Desde la oficina de compras y adquisiciones Gabriel Anaya hizo lo necesario para desviar millones en moneda caribeña a favor de las hermanas, en triangulaciones en las que participaron empresarios favorecidos, muchos de ellos, prestanombres del propio De la Rosa, quien como siempre, dio la tarascada más grande.
Estas operaciones también sirvieron al gobernador caribeño para fortalecer la sucesión, pues junto con fondos públicos, los fraudulentos fondos sirvieron para afianzar a través de millonarias campañas de promoción y silenciando con dinero a opositores, allanar el camino para su delfín.
Cuando el plan ya funcionaba a la perfección, Anaya fue promovido para legislador nacional, en un momento en que Mercedes ya pensaba en que podía ser él quien sucediera a su marido, y por ello –pensó-, había que impulsarlo políticamente, cosa que como siempre, Anastasio tuvo que aceptar sin chistar.
Pero la partida de Anaya al Congreso de la Nación no terminó con el modus operandi de las hermanas.
Esther, quien era para ese entonces la verdadera ama de la casa de gobierno, dirigía desde ese lugar la red de corrupción y complicidades. Era curioso, porque entre la educación y cuidados que prodigaba a sus sobrinos, también ordenaba y sometía a prominentes empresarios, quienes junto a encumbrados funcionarios del gobierno de De la Rosa, le temían, pues sabían que su brazo ejecutor era largo y pesado.
Los millonarios ingresos en moneda caribeña eran reportados puntualmente a Anastasio. Esther acumulaba el dinero que provenía de las transacciones fraudulentas en riguroso efectivo.
La pareja, que ya se había convertido en un trío, amasó una fortuna impresionante superior a 50 millones en moneda caribeña, misma que aplicó en parte, en la adquisición de tierras.
En isla Golondrinas, donde menos de dos décadas atrás la comunidad conocía a las hermanas Sánchez como las hijas del carnicero, cayó por sorpresa la evidente acumulación de predios que ahora poseía esta familia.
Las propiedades a nombre de los nuevos ricos de la isla Golondrinas se contaban en decenas.
Esther tenía ocho propiedades a su nombre. Mercedes once más y dos departamentos de lujo en Cocotero. Otra de las hermanas tenía a su nombre siete más, y el hermano, el más pequeño de la prole, otros tres predios. Había una propiedad compartida entre los hermanos y otra a nombre del patriarca de la familia. En total, la familia Sánchez acumulaba unas 33 propiedades.
Joyas, autos, otras casas y cuentas bancarias formaban parte de la fortuna que para la esposa de un gobernador que ganaba cien mil pesos mensuales en moneda caribeña, hubiera sido imposible poseer.
La discreción y sigilo con el que las hermanas Sánchez actuaron durante años usufructuando fraudulentamente con el poder, se acabó un día en que una revista que circulaba en la Península Caribeña publicó los detalles de su historia.
En portada la foto de Esther, presentada como la dama encargada de los diezmos y desconocida hasta entonces por los caribeños, fue el escándalo más sonado del que se tuviera registro en la historia reciente de la Península Caribeña. El reportaje también fue un medio para la venganza.
Mónica Amor fue la que filtró a la prensa los detalles de la vida y negocios de las hermanas Sánchez. Durante meses, la despechada acumuló datos que sirvieron para sustentar el contundente reportaje.
La venganza de la concubina estaba consumada.
Los caribeños leyeron con asombro las andanzas de la familia en el poder, aunque para la clase gobernante, aquella que sabía de las operaciones fraudulentas de las hermanas Sánchez, la publicación sólo les sirvió para descargar la satisfacción que produce la pena ajena y el escarnio público que pone en predicamento al adversario político.
Para Mónica Amor los días de satisfacción parecían interminables. Los chismes sobre las iracundas reacciones de su enemiga le llegaban de todas partes. Su felicidad no podía ser mayor.
En cambio para la familia gobernante, el impacto de la desnudez fue mayúsculo. La incontrolable cólera de Mercedes entrampó a Anastasio y lo puso contra la pared. 
-¡No sé cómo le vas a hacer pero no quiero que esa pinche gente se meta con mi familia nunca más!-, amenazó la primera dama al gobernador, quien con ojos saltones veía a la furibunda mujer cómo se transformaba en un ser todavía desconocido para él.
Mercedes descargó su furia originalmente sobre la revista, lo que a esta le benefició. Pero una vez que pasó el primer impacto del golpe recibido, la pregunta surgió.
¿Quién había filtrado toda esa información?
Para ese entonces, cuando la sucesión gubernamental ya había desatado la disputa entre funcionarios del gabinete de Anastasio, la autoría de la filtración tenía muchos rostros.
Eso sólo sirvió para fortalecer la desconfianza que Mercedes ya tenía en todos los funcionarios de su marido y entonces actuó en consecuencia. La primera dama veía enemigos donde quiera que volteara.
Y si la lista negra de los enemigos, resentidos y rivales de la primera dama, entre ellas Mónica Amor, crecía a cada momento, con este pasaje la vapuleada mujer marcó definitivamente distancia con todos ellos. 
Gabriel Anaya en cambio, fue también otro de los beneficiados con este sainete, pues la sensación de traición que emanaba del interior del gobierno de De la Rosa le abonó el camino al Delfín.
Mónica Amor por su parte, permaneció al frente del turismo de la Península Caribeña hasta el final del gobierno de De la Rosa. La distancia entre ella y el gobernador caribeño se fue ensanchando cada vez más en la medida en que este iba castigando más con su desprecio a la rebelde.
El último bocado que Anastasio le dio la merluza de Celeiro, uno de los platillos más afamados de Casa Marcelo, fue el momento en que Mónica Amor se desvaneció de sus recuerdos. Desde la calle a través de la ventana, De la Rosa –solo-, era la estampa de un hombre en proceso de reflexión.
En su cabeza escudriñaba para identificar el momento en que todo salió de control. Él tenía un sueño al dejar el poder en la Península Caribeña. O al menos, si no cristalizaba, tendría como opción convertirse en senador de la República. Pero nada de esto pasó.
Las traiciones llegaron desde diversos frentes y de personajes que en el pasado le sirvieron. En los últimos meses antes de la entrega del poder, cuando los grupos esperaban ya el ungimiento de Gabriel Anaya, las órdenes del otrora poderoso gobernador eran desobedecidas.
-Ni madres, Yo digo quien va y quien no-, fue la respuesta de Anaya para los herederos de De la Rosa que se sentían con derechos para repetir en el gobierno caribeño, y una seria advertencia también para quienes se decían sus más allegados, pero que en realidad, eran también los recomendados del ahora ex gobernador.
Ante esta efervescencia por el botín que significaba ascender a posiciones que a muchos haría ricos, Anaya empezó a preparar el deslinde definitivo con el gobernador caribeño. Él no estaba dispuesto a compartir.
El revés asestado por Anaya golpeó profundamente al gobernador caribeño. Pero su hija -que tenía la misma edad que Yamira cuando ésta se convirtió en su fantasma-, y quien decidió vivir en la farándula, fue el terremoto que estremeció su mundo.

CAPITULO V
ACUERDO PRENUPCIAL
La Península Caribeña era la provincia más joven de la República. Fronteriza al Sur con naciones del centro del continente, este territorio, que tenía apenas 40 años de haber sido instituido, nació producto de la ambición de un presidente corrupto, probablemente el peor de todos los que había tenido el terruño, al menos en la historia reciente del ancestro País.
Parecía ser el estigma de la Península Caribeña. La corrupción marcaba las acciones de sus gobernantes y Anastasio de la Rosa era un mandatario avanzado en ese renglón.
Pero con la indiscreción creciente de las vicisitudes de la familia en el poder y su ramificación pública a través de radio bemba, las andanzas del mandatario empezaron a ser inocultables y entonces el gobernador caribeño se fue transformando en un hombre, además de corrupto, todavía más cínico.
Originalmente al ascender al cargo, Anastasio de la Rosa había operado la compra del silencio de la prensa de la Península Caribeña, a quien otorgó todo tipo de prebendas a cambio de la instauración de un cerco informativo que a su vez, vendió a los caribeños la imagen pulcra y perfecta de un gobernante ecuánime, modesto, justo y sobre todo, con la capacidad de un estadista que sabe resolver y mantener entre sus gobernados, un alto grado de desarrollo, justicia, seguridad y bienestar social.
De esta manera De la Rosa pensaba que aún cuando el barco de su gobierno navegara con dificultad en el mar de las necesidades y carencias de miles de caribeños que le reclamaban servicios básicos para al menos acceder a una vida medianamente digna, su imagen se mantendría intacta, pues al menos en la comunicación masiva, la percepción era que su administración funcionaba.
Al gobernador caribeño le importaba mucho la simulación y ocultar la verdad era para él un acto reflejo. Mentir en público era una de sus más preciadas habilidades. 
Así logró mantener oculta durante sus primeros años al frente del gobierno de la Península Caribeña, la realidad de su pueblo. Pero al paso del tiempo, las verdades fueron aflorando y su pantomima no entretuvo más a sus gobernados.
La Península Caribeña ocupaba primer lugar nacional en materia de suicidios. En la mayoría de las veces, casos de personas que se quitaban la vida por el impacto de las desigualdades sociales y económicas y por ende, de la falta de trabajo y oportunidades.
El mayor nivel de consumo de drogas entre jóvenes era también otro de los galardones que la Península Caribeña poseía en todo País. Durante los seis años del gobernador caribeño, el florecimiento del comercio de estupefacientes había sido vertiginoso, sólo comparable con el consumo en los Estados Unidos, país del que procedía el 70 por ciento de los turistas, es decir, que los muchos centros turísticos peninsulares eran lugares ideales para vacacionar fuera de Norteamérica, a donde al estadunidense no le faltaría lo que tiene en casa, ni el McDonalds, ni las drogas.
Por lo mismo, la Península Caribeña también poseía la tasa de crecimiento más alta y acelerada en materia de adicciones.
La pedofilia y el comercio sexual infantil eran también renglones en los que la Península Caribe destacaba en el país y en el extranjero. En sus cárceles figuraban encumbrados pedófilos que durante años mantuvieron entre sus amistades y a veces clientes, relaciones con conocidos políticos, aunque no todos estaban en chirona.
Esa fama de impunidad en impartición de justicia era ya una marca conocida fuera de la Península Caribeña.  
La delincuencia urbana, comandada por pandillas en las principales ciudades de la Península, como Capital y Cocotero, tenía asolada a la población, amén de la proliferación de este vandalismo juvenil que también fue caldo de cultivo para ingresar nuevos valores al crimen organizado, que tenía como principal actividad el narcotráfico.
Los crímenes de alto impacto entre grupos de narcotraficantes y en otras ocasiones cometidos en contra de turistas, terminó de enrarecer la percepción de seguridad que antes tuvo la región peninsular y que en el ocaso del gobierno de Anastasio de la Rosa le significó a la economía de la Península Caribeña grandes pérdidas, pues el turismo, su única actividad comercial importante, no resistió el impacto por la inseguridad pública.
Durante seis años, entretenido con mujeres y amasando una enorme fortuna personal, el gobernador caribeño se escudó en el éxito de los empresarios del turismo y no desarrolló industrias más sólidas y en otros casos alternas, pese a la exigencia y pobreza en la que vivía al menos la mitad de la población, en las zonas aún rurales de la Península.
En esas mismas regiones marginadas de servicios de salud, educación y desarrollo económico.
En seis años, el gobierno de De la Rosa hizo perder a la Península Caribeña su primer lugar en materia de generación de empleos, y en educación, los índices marcaban registros por debajo de la media nacional.
El gobierno de Anastasio de la Rosa era ya un fracaso inocultable. Incluso encumbrados empresarios que antes fueron comparsa por interés, ahora empezaban a darle la espalda.
Sin embargo, la situación real de pobreza, desigualdad social e inseguridad que padecía la Península que gobernaba no era necesariamente el mayor de los problemas del gobernador caribeño.
Anastasio de la Rosa había recibido de su antecesor, José Jackson, una deuda pública superior a 4 mil millones en moneda caribeña. A pocos meses del final de su mandato, cuando cerraba cuentas, el mandatario había duplicado el déficit. 
Y aún cuando los pocos congresistas de oposición que existían en la cámara de diputados hacían esfuerzos desesperados para llamar al mandatario a rendir cuentas, la mayoría del colegiado, liderado por un tío del propio gobernador, garantizó la impunidad a De la Rosa, quien además, practicó en su gobierno con eficiencia el nepotismo.  
Pero el gobernador caribeño no fue inmune al síndrome del poder porque entre más salía a la luz el fracaso de su gobierno, más se empecinaba en creer que sólo era el ataque de sus detractores, quienes –se decía para sí- no podían ser muchos.
En algún punto De la Rosa fue presa del mundo ficticio que él mismo mandó a crear y terminó creyendo sus propias mentiras. Cuándo los detalles de su vida íntima y la de su familia empezaron a ser conocidos por los caribeños, así como sus desfalcos y corruptelas, el mandatario se refugió más en sí mismo y empezó a desvariar.
Fue entonces cuando al darse cuenta que pese a la difusión de sus desfiguros podía todavía ejercer el poder, decidió radicalizar sus acciones en todos sentidos y se volvió todavía más cínico.
“Mi gobierno no dejará deudas a la siguiente administración”, tuvo el atrevimiento de decirle un día a la prensa.
El paquete del déficit y otras triquiñuelas que Anastasio de la Rosa ocultaba celosamente, eran tan graves que sólo él podía entender la dimensión de las consecuencias de sus acciones y la repercusión en su sucesor.
Por eso el gobernador caribeño necesitaba tener la seguridad de que su delfín sabría callar. Cuando los trabajos de formación de Gabriel Anaya estaban avanzados y ya sin contratiempos ni malas influencias cercanas a él, De la Rosa consideró que a su sucesor le faltaba sólo un elemento, una esposa.
Paula Aké era una joven originaria de Cocotero. Sin estudios profesionales, encargada de una tienda de ropa en una lujosa plaza comercial de la zona turística de la ciudad, la chica, de 26 años, le pareció insignificante a Anastasio de la Rosa. Pareciéndole inofensiva y habiendo conocido de ella lo necesario, no encontró objeción para una eventual unión marital con Gabriel Anaya.
Mercedes, quien al final decidía sobre el particular, tampoco objetó la relación y así, ya con el consentimiento de la pareja en el poder, que regía y decidía sobre los asuntos del ungido, aún en aquellos menesteres más íntimos y personales, iniciaron la organización de una boda que debía ser lo suficientemente sonada para de paso, lanzar a la que sería la nueva primera dama de los caribeños.
Al fin un asunto de Estado, el gobernador caribeño giró instrucciones para que con fondos públicos de su gobierno se financiara la suntuosa boda. Pero los preparativos y la propia fiesta se vieron empañados cuando un importante funcionario de De la Rosa filtró a un medio electrónico los correos electrónicos que intercambiaron el propio Gabriel Anaya, en ese momento legislador nacional, con un encargado de compras del gobierno peninsular y en el que acordaban los detalles de las adquisiciones de implementos y servicios para el enlace matrimonial por un monto superior a dos millones en moneda caribeña.
Pese al escarnio y burla popular generada por el golpe de sus detractores, la pareja contrajo nupcias con toda prontitud, pues apenas había tiempo para presentar al delfín con esposa ante los electores, que pocos meses después asistirían a las urnas.
Pero un noviazgo corto y un matrimonio arreglado para fines tan peculiares, no podía consumarse con dos simples firmas. Pese a su primera impresión, De la Rosa consideró necesario asegurarse de que la chica y su parentela mantuvieran bien cerrada la boca.
Entonces ordenó la celebración de un acuerdo prenupcial que impedía a Paula Aké y a toda su familia, revelar información sobre asuntos que los abogados llamaron oficiales y que abarcaban prácticamente cualquier plática, comentario, información y/o circunstancia que aún teniendo conocimiento por la naturaleza propia de esa unión marital, debía ser celosamente guardado por la mujer.
La humillación para la pareja y las familias de ambos no pudo ser mayor. Gabriel Anaya encontró justificación para explicar a Paula las razones del gobernador caribeño y ésta, creyendo en su propia ignorancia ante las particularidades de esta nueva vida desconocida para ella, accedió a la bajeza de Anastasio.
Pero al paso del tiempo, esta joven mujer, que aprendió más rápido de lo previsto, entendió la humillación de la que fue objeto y nunca lo olvidó.
Esa fue la tercera razón del desencanto.
Después de que Anastasio logró imponer a su delfín como próximo gobernador y pese a que todos sus detractores apostaban al fracaso de este proyecto, el sentido de triunfo embriagó tanto al gobernador caribeño, que en verdad creyó que podía transformar diamantes en bruto.
Un día escuchó los gorgoritos de su hija y Anastasio empezó a desvariar.


CAPITULO VI
EL GOBERNADOR SE RASCA LAS PELOTAS
Anastasio de la Rosa salió de Casa Marcelo y caminó calles abajo. Hacía muchos años que no practicaba el sencillo y placentero ejercicio de la caminata, una actividad reservada sólo para aquellos que gozan de la tranquilidad que el poder arrebata.
Solo, sin guardias ni séquito, se sintió de repente libre. Caminó por la Rúa das Hortas hasta la intersección con la Rúa do Pombal, a una cuadra del mercadito. Sandalias blancas, pantalón lino blanco y camisa manta corrugada azul pastel, le venían bien para una cálida tarde.
Se detuvo en la esquina. Miró atrás, vio a la distancia la Plaza Obradoiro y dudó por un momento continuar la placentera caminata. No lo sabía, o no quería darse cuenta, pero se sentía inseguro de avanzar.
Entonces se rascó las pelotas.
Todavía en la esquina, Anastasio seguía en la disyuntiva. Volteó a su derecha y a la distancia, a una cuadra, vio el mercadito. A la izquierda en cambio, una curva dejaba ver una zona boscosa.
No era fácil para un hombre tan poderoso tomar una decisión tan sencilla. En circunstancias normales, el grupo de ridículos hombres que formaban su séquito lo hubiera seguido aún por el camino equivocado y eso a su vez, le hubiera hecho creer –como siempre-, que tenía razón en su elección, aun habiendo errado.
Pero estando solo, le costaba mucho trabajo decidir. No estaba acostumbrado.
Anastasio de la Rosa era –pese a que no se daba cuenta de ello-, una persona totalmente dependiente de los demás. Su poder y grandeza era tanta, que necesitaba de su séquito en todo momento.
Era un hombre muy inseguro. 
La insaciable búsqueda de ser poderoso lo hizo a lo largo de los años un vicioso de esta práctica que le garantizaba impunidad y riqueza, pero sobre todo, le otorgaba la seguridad que por naturaleza le faltaba, y por lo mismo, terminó siendo rehén de un poder que le significó su única razón de vida, pues sin el mando ni el manto, sentía que nada era él.
Siendo joven aún, fue el poder quien lo salvó de conocer chirona, lo que seguramente hubiera cambiado para siempre su destino. Un día de juerga en ciudad Sultana en sus años de universitario, Anastasio mató a una mujer. Y fue paradójicamente en esas circunstancias cuando conoció las bondades del ejercicio del poder.
Alcoholizado, el imprudente rapaz tomó el volante y en su euforia desatada no vio venir a una fémina que ese día esperaba reunirse con su familia. 
La mujer todavía alcanzó a ver el rostro de su victimario y éste registró en la memoria para el resto de sus días, la mirada de angustia y desesperación de la fémina que en ese momento supo -segundos antes del impacto-, que no vería crecer a los suyos.
Y ese mismo segundo previo a su muerte todavía le alcanzó para, al menos, saber que a diferencia del conductor, ella moriría con la conciencia tranquila de no coartar a nadie la esperanza eterna de una vida mejor. 
Y aún cuando esta mujer nunca estuvo lista para morir, su victimario la arrolló.
Durante un tiempo, el remordimiento por la muerte de la mujer le sacó lágrimas a Anastasio. Era su primera víctima y como siempre sucede, la primera vez es la más difícil.
También eran tiempos en que el joven De la Rosa era otro. ¿Dónde quedó aquel hombre que antes conocí? – le preguntó alguna vez entre sollozos Mercedes, cuando la familia de la primera dama hacía esfuerzos para convencerla de desistir de la demanda de divorcio ya firmada, tras vivir la vergüenza pública por el caso Yamira, la segunda víctima de Anastasio.
Pero en ese momento en ciudad Sultana, cuando De la Rosa aún no era un alfil del poder y su conciencia no era presa de lo políticamente correcto, el universitario vivía la todavía humana angustia y sentido de culpa que provoca la autoría de un crimen.
Mucho tiempo vivió con eso y sólo con la protección del poderoso pudo salir de este embrollo.
Cuando ocurrió el accidente y muerte de la transeúnte, Anastasio buscó ayuda en su natal isla Golondrinas. Su padre, don Rosendo De la Rosa, suplicó al gobernador caribeño de entonces, originario también de Golondrinas, interceder ante las autoridades de ciudad Sultana a favor de su hijo.
Así lo hizo el gobernador Caribeño de entonces con su homólogo de las provincias del norte y la resultante fue la protección e impunidad a favor del rapaz. 
En ese episodio de su vida, nadie hubiera imaginado que Anastasio se convertiría al paso del tiempo en el poderoso gobernador caribeño que un día fue. Le debía sin duda al gobernador de ese entonces su futuro, de alguna forma su carrera política, y en cierta manera también, parte de su vida.
Pero habría en el futuro un suceso todavía más caprichoso en el destino de estos hombres. El gobernador caribeño que salvó a Anastasio en ciudad Sultana tenía en ese entonces un sobrino de 8 años de edad. 
Ese niño, sobrino de su salvador, sería años después su verdugo. A diferencia de Anastasio, que en el momento del accidente desconocía todavía el precio de la impunidad, el gobernador Ponciano Anaya en cambio, supo siempre que algún día sus buenos oficios rendirían frutos de muy alto valor.
Y así fue.
Gabriel Anaya, sobrino del ex gobernador caribeño Ponciano Anaya, ya se preparaba para asumir el poder, en esa especie de ruleta caciquil caribeña, en la que sólo las familias se pasaban el mando de una generación a otra.
Después de salir avante del incidente de ciudad Sultana, Anastasio enfiló hacia el poder. Poco a poco se fue olvidando de la mirada suplicante de aquella mujer a quien arrebató la vida. 
El suceso fue quedando atrás en su vida mientras el poder y la avaricia lo llevó hacia otras mujeres que lo veían diferente. Su atractivo crecía y su libido, cada vez más desatado, avanzaba desflorando margaritas cuando ya ejercía como alcalde de su natal Golondrinas, su primer gran triunfo.
Un día, siendo el hombre más importante de isla Golondrinas a los 31 años de vida, Anastasio culminó su transformación al ver cómo con el poder político y sus beneficios, dejaría atrás al fin todos los límites.
Mercedes, la mujer que de él se enamoró y quiso darle hijos, funcionó durante un tiempo como un freno sobre su joven marido. Pero sin poder controlarlo todo lo necesario, Anastasio se perdió entre tantas mujeres pudo. No había una que él no quisiera poseer. En la isla sus andanzas fueron rápidamente conocidas y su ego lo posicionó como el mejor amante que Golondrinas jamás nunca hubiera conocido.
Y paradójicamente fue otra vez la muerte de una mujer, esta vez Yamira, el suceso que marcó nuevamente destino.
Cuando Mercedes conoció de la muerte de la jovencita de dieciséis años y orillada por la vergüenza pública, decidió promover el divorcio. El impacto para Anastasio fue en un principio devastador. Primero sintió que el mundo se le venía abajo. Tan sólo pensar en perder a sus hijos lo hacía sentir, además de culpable, miserable.
Entonces se rascó las pelotas. 
Mercedes desquiciada por la traición y sobre todo, por el papelón, llegó al grado de mandar a redactar la demanda para deshacer el compromiso conyugal. Firmó el documento y preparó los trámites.
-Te juro que no volverá pasar, te pido otra oportunidad-, le suplicó Anastasio en un último intento.
La postura de Mercedes era firme y la decisión de quedarse con los críos, que por derecho le correspondían, era algo no negociable. Los hijos eran la debilidad de Anastasio. 
-¡Y con eso lo tengo agarrado de los huevos!-, le decía la ofendida a su confesor.
Cuando Anastasio miraba los vivaces ojos de la niña se derretía, se transformaba en otro, su mundo giraba en otro sentido. Ella era quizá, más que la propia Mercedes, la más poderosa y dominadora de sus acciones, aunque la pequeñita no tuviera conciencia de ello aún, salvo su instinto natural. La niña se convertiría en los siguientes años en su máxima debilidad.
Los días aciagos del pre divorcio fueron los más difíciles para Anastasio, incluso más difíciles que los sucesos por las muertes de las féminas.
Durante horas esos días, Anastasio se rascó frenéticamente las pelotas.
En esos días el libidinoso alcalde de Golondrinas hasta perdió el encanto. Ya no era más el galán isleño. En sólo días, con la inminente pérdida de sus hijos y el escarnio público, más el descalabro como familia, era seguro también el final de su carrera política. Y eso fue lo que más lo aterró.
Otra vez, se rascó las pelotas.
Anastasio tenía por ese entonces un muy desagradable tic. Cada vez que estaba nervioso o tenso, se rascaba las pelotas. La frecuencia con la que se rascaba marcaba su estado de ánimo.
En esos días también, los familiares de la primera dama insistieron en que debía reconsiderar su decisión. Los más allegados a ella le hicieron ver que su familia era todavía recuperable.
Pero su confidente, más directo, le aclaró el panorama.
-Anastasio se hará cargo de los niños y no les faltará nada, al menos hasta la mayoría de edad, ¿pero qué vas a hacer tú?, ¿lo dejarás libre cuando puedes tenerlo todo?, ¿te quedarás sin nada? –
Mercedes pasó muchas horas sola pensando en que la decisión ya estaba tomada, pero después de unos días y cuando su ambición por el poder afloró, la primera dama reconsideró su decisión y terminó por perdonar.
Aunque aquí surgió el cuarto desencanto.
Sólo Mercedes y quienes la habían aconsejado desistir de la demanda de divorcio sabían los planes que la primera dama tenía para el futuro. En algún momento Mercedes cobraría la afrenta, pues como toda mujer, perdonó, pero nunca olvidó.  
Los siguientes días de la reconciliación tras el frustrado divorcio fueron dulces para la pareja en el poder. Pero habiéndose acabado la miel, la relación retomó su verdadero cauce.
Anastasio regresó a sus mujeres y Mercedes, viendo que en eso llevaba las de perder, encontró en cada una de ellas una nueva forma de chantajear a su marido.
-Ellas son las capillas, pero tú eres la catedral- le dijo una amiga cierta ocasión en sentido de consolación. Y esto último terminó por definir cuál sería el tenor de la relación.
Y entonces empezó el vodevil.
En la vida pública, la familia era perfecta. Anastasio salía a escena con los niños y su mujer en todo evento político social. Los isleños de Golondrinas vieron crecer a los niños y años más tarde, todos los caribeños supieron también de los logros de los críos y de la bonita familia.
Ya como el hombre más importante de la Península Caribeña, Anastasio tomaba del brazo a la primera dama y caminaban juntos recorriendo el escenario ante la multitud, mientras atrás de ellos, entre el séquito, el alcahuete en turno ya iba buscando la próxima incauta para que el gobernador caribeño se la despachara en la cena.
En casa, la pareja discutía acaloradamente en la alcoba, donde los niños no se percataran de la cantaleta de Mercedes, que le reclamaba a Anastasio lo mismo de todos los días: una nueva mujer.
Pero si en ese momento avisaban de la llegada de una importante visita a la casa de gobierno, la pareja se apresuraba a cambiar el rostro y felices juntos, salían a recibir a tan distinguidos personajes.
Cuando la tertulia terminaba, los pleitos seguían. Anastasio encontró en la llegada de visitantes un remanso de paz, por eso no fue casual que en algún momento de sus vidas, las visitas fueran frecuentes, hasta que un día Mercedes, que para ese entonces ya era un costal de mañas, cayó en la cuenta que de esta era la forma en que su marido se zafaba de los encontronazos y mandó a cerrar las puertas de la casona, al menos por un tiempo.
Verónica Paz llegó de España a la cadena Ru de Cocotero por su don de mando y éxito en retos de gran envergadura. 
Era una mujer físicamente hermosa, quizá las más bella de todas. No era muy alta, pero su porte era tan espectacular que parecía ser de gran estatura. La definición de su cuerpo y la firmeza de sus carnes eran perfectas. Su tez pasaba de lo poco común a lo extraordinario. Era una especie de color piñón, pero con un matizado dorado que parecía un suave bronceado permanente. La tersura de su piel se sentía sin tocarla y la cadencia de sus movimientos simulaba ser una palmera que mueve la brisa de una noche de verano.
Su rostro era divino. Enormes ojos transparentes color miel que filtraban la luz del alma. Destellantes rayos en forma de largas y firmes pestañas que dificultaban sostenerle una mirada. Labios rojos carnosos que al momento de hablar dejaban ver la brillantez de una dentadura perfecta. Y una espectacular cabellera rizada color castaño que era un violento oleaje al andar.
Pero además, era también la mujer más inteligente que un hombre hubiera conocido alguna vez. Dominaba siete idiomas y con tan sólo 30 años de edad, Verónica había dirigido ya el ala de Generación de Fondos del Banco Mundial en Europa, en su anterior oficina del piso 19 del número 31 de la calle Praterstr, en Viena, Austria.
El paraíso siempre había acaparado su atención. Desde niña en el frío europeo, Verónica veía en la televisión y en las revistas las blancas playas del Caribe con su espectacular mar azul turquesa.
En la adolescencia durante su primer viaje a Cocotero, la chica reafirmó su fascinación por el paraíso, por eso a los 30, cuando surgió en Madrid una oferta para dirigir una cadena hotelera en la Península Caribeña, supo que el destino la llamaba.
Era la cadena española de hoteles más grande de las establecidas en la Península Caribeña. Dese Cocotero Verónica dominaba los 3 hoteles y las tres villas establecidas a lo largo de la Riviera Caribeña, una especie de interminable paraíso de gigantescas y firmes palmeras, kilómetros y kilómetros de arena blanca y un vasto mar azul turquesa lleno de maravillosas y exóticas especies, que junto a la flora y fauna terrestre de la región, le hacían en verdad creíble que todo eso era para ella sola.
Sus grandes ojos pudieron abarcar con una profunda emoción todo el vasto territorio. Por fin y como de niña lo había soñado, estaba ya en el paraíso. 
Su regocijo no podía ser mayor.
Pero además de todo, Verónica Paz era una mujer dulce y apasionada con el amor. Era de alguna forma, el amor mismo. Era también la mejor de las amantes y no había en la cama algo que ella no pudiera hacer. Era una hembra. Y todos los demás eras que un hombre pudiera soñar encontrar en una mujer, eran de ella.
Verónica Paz era –para decirlo fácil-, La Mujer.
En la alcoba, cada día más regordeta, Mercedes sometía al gobernador caribeño al castigo diario. Anastasio de la Rosa sabía que faltándole aún tiempo para terminar su mandato, aguantar el martirio sería todo un reto. No podía tampoco pensar en una separación después de todo lo que ya había aguantado.
Sus hijos, ahora más grandes, pronto entrarían a la adolescencia. Aquella ocasión en que en medio del intento de divorcio Anastasio fundió su mirada con la bebé, ahora se traducía en el rostro de un hombre que aún con poder, era totalmente vulnerable al canto de una jovencita que estaba a días de alcanzar sus primeros quince años.
Anastasio embobaba viendo a su hija cantar. Cuando la niña dio indicios de su gusto por el canto, el gobernador caribeño enloqueció. Y así durante los años siguientes pasó horas escuchándola.
De la Rosa pensó entonces que la fiesta de los XV años de su hija sería la ocasión perfecta para presentarla como una prometedora intérprete. Mandó traer a reconocidos cantantes internacionales del mundo hispano del disco, con la idea de que al escuchar a la jovencita, ésta tuviera acceso al medio artístico de ese nivel.
Y fue por ello que para tal evento, el poderoso gobernador, que en ese entonces ya acumulaba en su fortuna personal millones de dólares, dispuso de los recursos de su gobierno para el dispendio, encontrando en el lanzamiento artístico de su hija, quien le seguía gustosa el juego, justificante para abrir otro más de los múltiples boquetes que ya le había asestado a los fondos públicos, aportación de los caribeños.
Y se proyectó.
Mandó hacer una enorme burbuja en la casa de gobierno. Ahí metió a miles de invitados. Sólo a aquellos que él y su familia consideraron lo suficientemente distinguidos, o al menos, dignos de ingresar a la estructura.
Ese día en ciudad capital llegaban aviones particulares de diversas partes del mundo con los más famosos cantantes de habla hispana. Las habitaciones de los mejores hoteles de la ciudad estaban reservadas para los numerosos contingentes. En las calles aledañas a la casa de gobierno los accesos estaban cerrados por policías de tránsito para evitar que la chusma se acercara a tan distinguido evento, y sólo aquellos que contaban con un salvoconducto, podían romper el cerco, lo que a su vez, los hacía sentir todavía más importantes.
En la Península Caribeña no existía la monarquía, así que aprovechando este vacío, el inquilino de la casa de gobierno se asumía en este rol, aunque para el vulgo esto pasaba desapercibido, pues las carencias y la pobreza que prevalecían en ese territorio –indignas para un noble-, mantenían distraído al pueblo buscando cómo ganarse la vida.
Pero para el gobernador caribeño que disfrutaba encerrarse en su burbuja con los suyos, el mundo exterior lo tenía sin cuidado. En su mundo en cambio, donde siempre encontraba quien le hiciera segunda, sus invitados le rendían pleitesías, así que con ello era suficiente para él y así cumplía su necesidad de asumirse como un monarca.
Esa noche al fin, el gobernador caribeño hizo su mundo realidad. En su burbuja sólo estaban los que él quería. Todo era perfecto. Era su mundo y sólo habitaban en él los elegidos, aquellos que le sonreían en todo momento, aquellos que a todo le decían que sí, aquellos que por unas monedas le eran serviles. Y los tenía además, de todos los sectores. Encumbrados empresarios, periodistas, políticos, artistas, clérigos y a otros a quien él les marcaba el paso.
Y entonces descubrió algo todavía mejor. El castigo había terminado. Por fin la casa estaba otra vez llena de visitas. Y eso significaba que Mercedes no le recetaría la diaria cantaleta.
La fiesta avanzó con la liturgia de todos los XV años. Después la festejada tomó el micrófono y empezó el recital. El juego de luces y las burbujitas dentro de la gran burbuja llenaban el ambiente del lugar. Anastasio embobado veía a su hija cantar y por un momento, se perdió de los demás.
Cada nota que salía de la boca de la jovencita le retumbaba en la cabeza. Ya no escuchaba la música, su oído no escuchaba el sonido del ambiente y sus pupilas sólo percibían a una multitud difusa. Sólo el punto fijo sobre su hija tenía nitidez. Como en cámara lenta, su mundo, la burbuja, detuvo su eterna oscilación. Todo se detuvo, excepto la conexión entre la jovencita y él.
Alguien con ojo de oro entre la multitud puso atención a la escena. Era pese a todo, un momento lleno de amor. Los segundos que esto duró fueron los más entrañables para un hombre que le debía mucho a la vida. 
Al día siguiente, muchos de los invitados que habrían aceptado tácitamente guardar discreción de los dispendios jamás vistos con motivo de una fiesta familiar, divulgaron santo y seña de lo sucedido.
Y aún cuando el gobernador caribeño supo de la indignación popular por los dispendios, consideró que el momento de esa noche bien habían valido la pena. 
En realidad, este era el principio de una serie de sucesos en los que su hija sería la protagonista. El gobernador caribeño perdía la cabeza por el amor de su tesoro y estaba dispuesto a complacerla en todo sin importar los costos. 
El amor que el gobernador caribeño sentía por su hija era irremplazable hasta que un hecho inesperado empezó a fraguarse años atrás convirtiéndose en el más celoso de todos sus secretos.

CAPITULO VII
EL QUINTO DESENCANTO
Anastasio de la Rosa permanecía todavía en la esquina de la Rúa das Hortas con la Rúa do Pombal. Inmóvil, el poderoso hombre no terminaba de decidir algo que aparentemente sencillo, parecía ser una de las encrucijadas más difíciles de su vida, aunque en verdad nadie sabía bien a bien, tras todos estos años, lo que hubiera sido ya lo más importante para él.
Una tarde cálida, las impecables callecitas del centro de Santiago de Compostela lucían vacías. Y al no ver a nadie, De la Rosa dudó todavía más en dar el siguiente paso. Era un hombre de masas y sin éstas, su entorno era raro y por lo mismo, inseguro. 
Esos encuentros masivos de las campañas electorales que lo llevaron al triunfo tantas veces, lo distraían. 
Miró el reloj, eran las 18:07 horas. Perdido en sus pensamientos, no escuchó el feroz rugido que avanzaba sobre él. 
Al dar la vuelta y al salir al claro desde la curva, el furibundo motociclista se impactó con el cupé que avanzaba a buen paso. La motocicleta y su conductor volaron, y para cuando el distraído se percató del suceso, el impacto sobre él ya había siso inevitable.
Ensangrentado, gravemente lesionado, el hombre yacía en el suelo. A su lado, el cráneo abierto del sujeto que no portaba casco. Pedazos de la moto esparcidos por el lugar completaban la dantesca escena.
El herido no escuchaba nada a su alrededor. Nadie hubiera podido precisar si era por el golpe que no era capaz de escuchar, o si es que todo a su alrededor en verdad había quedado paralizado.
Pese a la gravedad del herido, todo era paz. De repente sintió el alivio de una persona que sufre en vida y que en la muerte encuentra la tranquilidad, a veces, de la vida azarosa de un hombre que con mucho esfuerzo, tiene que buscar medios de vida para él y su familia.
El herido se desangraba rápidamente y la ayuda no llegaba. El hombre empezó a ver pasar su vida entera. Su verdadera vida. En segundos, regresó al inicio de sus días.
En el flashback de su vida, el pobre hombre revivió los días de penuria en que sus padres con tanto esfuerzo lo llevaban a la escuela. Vio a la maestra que tanto le gustaba y súbitamente se vio adolescente, en aquellos años cuando los amigos le enseñaban las delicias del tabaco y del alcohol que no podía comprar. 
Y ya un adulto joven, vio una vez más aquel muchacho que soñaba ser un hombre importante. Y aunque los años lo fueron rebasando y su realidad lo llevó a convertirse en lo que en verdad era, nunca dejó de soñar.
En los últimos años de su vida, con sus tres hijos, Florentino Ramírez nunca perdió la esperanza de alcanzar su eterno sueño, ser un hombre importante.
Ramírez, como lo conocían en el hotel, era uno de los mozos del lobby. Servicial siempre, el hombre se regodeaba cada vez que –con frecuencia-, un importante personaje se hospedaba ahí.
Era un sujeto de verbo hábil. Dicharachero, Ramírez –de aspecto afable-, caía bien entre los personajes importantes. Algunos que regresaban con cierta frecuencia al hotel, ya lo conocían.
Hablar de política y componer al mundo en segundos era su pasión. Entre los empleados del hotel sabían que si la política era el tema, Ramírez siempre tenía una opinión. Se devoraba las noticias y por eso siempre tenía tema de conversación. Simpático además, Ramírez era el alma del lobby. Rodeado de lujos que no eran suyos, el modesto hombre vivía las 12 horas que trabajaba en ese lugar, su propio sueño.
Y no perdía la oportunidad de hablar de política con los auténticos protagonistas. Por eso cada vez que uno de esos personajes de la política llegaba al hotel, Ramírez se ponía feliz. Cambiaba el ritmo al andar, entonaba mejor y siempre, como los políticos, con la sonrisa de oreja a oreja, les daba la bienvenida con un apretado abrazo. 
Él veía que así lo hacían los políticos y por eso los imitaba. Y antes de soltar al político en turno, todavía abrazado a él, siempre le tenía preparado un comentario que le susurraba al oído para despertar en el personaje una carcajada que sellaba el encuentro y que a Ramírez lo hacía sentir al menos por un momento, parte de esa clase.
-No es más que un lambiscón- decía siempre Rosa Flores, una de las recepcionistas del hotel.
Y aunque Ramírez sabía que sus compañeros lo criticaban, en el lobby, con los políticos que llegaban, él era feliz.
Porque en el lobby él lo tenía todo. Había una sala que era su favorita. Muebles de fina piel color negro. Un hermoso tapete persa de variados colores. Finos jarrones, cuadros de arte y una iluminación tenue que cuando leía el periódico le era insuficiente, cosa que remediaba con la comodidad de encender una de las lámparas ubicadas en las esquinas de los muebles.
Y si el jefe no andaba por ahí, entonces la lectura era todavía mejor con un café que traía de la concina de uno de los restaurantes más cercanos al lobby. Y en 12 horas de estancia en el trabajo, Ramírez desayunaba, comía y cenaba de todo. 
Y lo mejor, su postre. Codearse con los políticos a los que tanto admiraba. Su vida en lobby era perfecta.
Cuando salía del trabajo y tomaba el camión urbano con destino a casa, su mundo iba cambiando paulatinamente. En los primeros minutos del recorrido veía por las ventanas del bus lujosos carros que lo rebasaban y se imaginaba manejando uno de ellos.
Pero calles más adelante, cuando la imagen urbana iba cambiando y el lujo quedaba atrás, el entorno lo regresaba lentamente a su triste realidad. Ya en la colonia, Florentino caminaba las polvorientas calles que lo conducían a su humilde casa.
En el ocaso de la tarde, Aurora, su esposa, ya lo esperaba. Al llegar, Florentino abría la destartalada reja de madera que era el acceso del cerco de alambre que demarcaba la polvorienta propiedad. Sus hijos, Cristina de 9, Aldo de 6 y Memo de 3, siempre a la cola, corrían para fundirse en un abrazo colectivo.
Aquí no necesitaba posturas, el abrazo era sincero y directo. No tenía que preparar el comentario que desatara la carcajada del poderoso. Este era otro tipo de encuentro.
Su casa, de dos habitaciones, no era de buen gusto. Pero era todo lo que había logrado hasta ahora. Apuradamente había podido levantar cuatro paredes y la división de los dos cuartos era un alambre del que colgaba una sábana. Un baño construido con madera y lámina de zinc, ésta última producto de sus relaciones políticas y herencia de una campaña proselitista, completaban la paupérrima vivienda.
Los pocos muebles que tenían, una mesa y un sillón de madera con cojines forrados con tela, servían para comer y ver la tele. La estufa en la esquina del cuarto, era la cocina. Del otro lado de la sábana todo era recámara. Una cama y una cuna de segunda mano, en la que todavía dormía Memo, era el aposento de la familia.
Cada noche al dormir con el cansancio de la extenuante jornada laboral, Ramírez se refugiaba en sus sueños para ser al menos en el limbo, lo que la vida le negaba ser en la realidad.
Florentino caía en un sueño profundo y se transformaba en Anastasio de la Rosa, su creación.
Las andanzas del gobernador caribeño, sus enemigos y detractores, su familia, sus funcionarios, pero sobre todo, sus triunfos políticos, formaban parte de la imaginación de Florentino, y entremezclarlos a todos ellos en caprichosas situaciones e ingeniosas escenas le llenaban en su mundo irreal, su vacía existencia terrenal.
Y entonces se produjo el quinto desencanto.
Por las mañanas muy temprano, antes de la aparición de la luz, mientras ya se bañaba con el agua helada de las primeras horas del día, el recuerdo fresco de su sueño le daba oportunidad de liberar su imaginación, que era mucha.
Su precario baño era el lujoso toilet de la casa de gobierno que habitaba Anastasio de de la Rosa y la manguera con la que se bañaba era el dispositivo de la ducha de agua tibia con la que se bañaba el gobernador Caribeño.
La imaginación y la obsesión de Florentino no tenía límites. El pequeño pedazo de espejo en el baño era la inmensa luna del vestidor en el que De la Rosa terminaba sus arreglos. Y cuando al salir del baño tomaba su uniforme, el mozo se vestía con las finas prendas del poderoso político.
Cuando dejaba su casa cada mañana, los suyos aún dormían. Y ya en el lobby desde las seis de la mañana, Florentino avivaba en su imaginación la historia de Anastasio de la Rosa. Por eso el papel del mozo que se codeaba con los políticos le salía tan bien.
En eso pasaba las largas horas de su jornada laboral. Y en el lobby del hotel, con todos los lujos, podía recrease aún más. En algún momento se mimetizó tanto con su personaje, que ya le era difícil distinguir en su desvariada cabeza cuándo era Florentino y cuándo era Anastasio. 
Y así todos los días, el mozo del lobby vivía sus sueños de grandeza. Su relación con los políticos que llegaban al hotel le daba sentido a su imaginación y ante su incapacidad de prosperar, este juego mental lo mantenía vivo al menos durante las horas del trabajo, que le servían para huir de su triste realidad.
Esa era la vida de Florentino Ramírez.
Pero un día, la llegada de una espectacular mujer perturbó aún más la vida del mozo del lobby.
Esa tarde, poco antes de terminar la jornada, todo el personal fue citado a uno de los muchos salones que el hotel tenía. Directivos de la empresa, a quienes los trabajadores reconocían como sus jefes, presentaron a una mujer.
Desde que la interfecta apareció a través de una las puertas laterales del salón, cientos de miradas la siguieron absortas por su belleza y personalidad. Hombres y mujeres por igual se impresionaron al verla y tal parece que el simple caminar de esta mujer parecía el espectáculo de una pasarela llena de estilo y glamur como nunca antes se había visto en ese lugar, donde tantas estrellas habían hecho ese mismo recorrido alguna vez.
Era –pensó Ramírez- la mujer más hermosa que hubiera alguien podido imaginar. 
-Es la señorita Verónica Paz, la nueva presidenta del Corporativo-, anunció uno de los directivos del hotel.
Cuando Verónica Paz tomó el micrófono, la dulce voz que emanó del aparato bloqueó los sentidos de Florentino Ramírez. Quedó impávido, y para cuando pudo recuperarse, el breve discurso de la bella española había terminado.
De manera espontánea, muchos de los trabajadores se acercaron a ella para prodigarle una bienvenida más personalizada. No era algo planeado, la verdad que la chica tenía una gran empatía con la gente y las muestras de simpatía que el personal le manifestó fueron sinceras.
El tiempo que le llevó al personal saludar a Verónica Paz le sirvió a Ramírez para reponerse de tan impactante impresión. Zalamero como era, se apresuró a preparar un discurso de bienvenida que esperaba propinar a la extranjera al término de la salutación de los demás.
Y cuando al fin tuvo la oportunidad, la miró fijamente a los ojos y le dio un fuerte apretón de mano. Y a su estilo, como buen político, gesticuló una sonrisa tan amplia como le fue posible. Y acto seguido, como un albatros, abrió sus alas tanto como pudo para darle un abrazo tan fuerte que terminó en una especie de llave de la que la chica luchaba -sin éxito- para zafarse.
Y no la soltó hasta que al oído, con su mejor entonación, le susurró:
-Como hace 500 años cuando el conquistador llegó a estas tierras, así Usted logrará también el éxito, ¡bienvenida a América!- le dijo Ramírez vehementemente.
-Es un lambiscón-, dijo presurosa Rosa Flores a sus compañeras, que viboreaban a la distancia al mozo del lobby.
Ramírez liberó a Verónica del abrazo del oso y terminó la liturgia con otro fuerte apretón de manos. Apenas pudo recuperar la respiración, la hermosa mujer espetó un débil –gracias- con una c tan siseada que no sólo hacía evidente su origen, sino que además, parecía la respuesta de todo un pueblo a tan efusiva bienvenida del singular mozo.
Pero a Ramírez le duró poco el gusto, porque antes de poder cruzar otra palabra con la bella, su jefe, el licenciado Torres, como le decía, se la arrebató y se la llevó del lugar. El mozo del lobby vio en cámara lenta cómo esa belleza se alejaba conducida del brazo del odioso jefe. 
Esa imagen le quedó grabada para siempre y esa misma noche en casa, cuando en la cama estaba cerca de alcanzar el limbo, empezó a divagar en su imaginación hasta integrar en sus sueños de grandeza este nuevo personaje, con la salvedad de que a diferencia de los demás, este sí era real y eso alentó más su juego, pues al menos en su difusa historia, Verónica Paz era una conexión entre sus dos mundos, el imaginario y el real.
Florentino –como muchos-, quedó prendado de Verónica Paz. Desde ese día su liturgia mañanera empezó aún más temprano y su estancia en el lobby era todavía más placentera, pues además de mantener y ampliar sus relaciones políticas, tenía la oportunidad, aunque sea algunas veces a la semana, de toparse con la espectacular ibérica.
Y así la vida de Florentino Ramírez, el mozo del lobby, transcurría en dos mundos, el imaginario y el real. Aquella fatídica tarde de los últimos días del verano, el soñador salió del trabajo más contento que nunca. Fue uno de esos días en que su contacto con la hermosa Verónica Paz fue constante. Un importante evento hizo necesaria la presencia de la alta ejecutiva en la recepción del hotel y eso le dio la oportunidad de esta cerca de ella.
Desde el término de la jornada al salir del trabajo ese día, Ramírez venía caminando entre nubes. En su imaginación ya venía organizando las nuevas situaciones que por la noche en el limbo, vivirían sus personajes. 
Caminó hasta el paradero del bus. Distraído, absorto en sus pensamientos, Ramírez sólo atendía los sucesos que se producían en su imaginación y por ello no se percató de lo que sucedía apenas a metros de distancia de él.
Y cuando su mundo imaginario era más activo, el imprudente de la moto le cayó encima y botado en la calle desangrándose irremediablemente, su universo dejó de girar.
Fin.